Aquel florero
Después de todo,
volví a tu casa.
Y allí estaba
aquel florero.
El mismo de siempre.
La misma flor
inclinada hacia la luz.
Antes lo miraba.
Nada más.
Una flor.
Un poco de vidrio.
La tarde apoyada
sobre sus bordes.
Pero ahora
me da miedo.
Miedo de detener los ojos.
Miedo de que mi tristeza
no parezca tristeza.
Miedo de que una mirada
sea interpretada
como algo que nunca fue.
Entonces paso de largo.
Miro el suelo.
Miro mis manos.
Miro cualquier cosa.
Menos aquel florero.
Y aun así,
parece que mi mirada
siempre está equivocada.
El florero permanece allí,
quieto,
sin saber que ya no me atrevo
a contemplarlo.
A veces pienso
qué extraño es vivir así.
Temerle a una flor.
Desconfiar de los propios ojos.
Sentir culpa
por la simple belleza
de algo que descansa
sobre una mesa.
Aquel florero sigue allí.
Esperando.
Como esperan las cosas
que no comprenden
por qué hemos dejado
de mirarlas.
Y yo sigo pasando cerca.
No quiero estar
en tu casa de esta manera.
Con el miedo a cuestas.
Con la cabeza baja.
Preguntándome
en qué momento
una mirada inocente
se volvió un motivo
para pedir perdón.
Sergio Alejandro Cortéz
Villa Dolores, Córdoba, Argentina.