Luciernaga 30

La Historiadora villana- capitulo 21

El gran día está a punto de comenzar y todo está preparado. Dejó todo listo a los pies de la cama, asegurándose de no olvidar nada, y solo esperaba que fuera un día tranquilo y que todo terminara muy rápido. Casi se olvida de enviar el mensaje a Elena indicando el lugar de la caminata: un sitio que siempre quiso conocer desde que llegaron a Nueva York, el Sendero de los Apalaches, con hermosas rutas de distintos niveles de dificultad y, lo más importante para ella, magníficas áreas verdes y paisajes ideales para tomar muchas fotografías.
 
De pronto, escuchó la voz de su madre en el pasillo y decidió ir a saludarla.
 
Dania: —¡Hola, mamá! —exclamó emocionada.
 
Madre: —Oh, cariño, me asustaste. Pensé que ya estabas dormida.
 
Dania: —Estaba dejando todo listo para mañana.
 
Madre: —Es verdad, mañana vas de senderismo con tu nueva amiga.
 
Dania: —Sí. ¿No me digas que ya lo has olvidado? —dijo mirando a su madre con cara seria y tono de reproche.
 
Madre: —Se puede decir que solo olvidé la fecha —respondió apenada—. Gracias por recordármelo.
 
Dania: —¿Y mi padre? ¿Dónde está?
 
Madre: —Se encuentra en el despacho. Al parecer, los contenedores que pedimos hace un mes se han retrasado por las altas mareas y está muy preocupado.
 
Dania: —Es algo esperable; el clima ha sido muy cambiante en este último tiempo, sobre todo por los cambios de presión atmosférica.
 
Madre: —¿Pero todos estos cambios no serán perjudiciales para mañana? —preguntó con preocupación.
 
Dania: —Tranquila, he revisado el clima con mucha cautela todos los días. No quiero que se eche a perder un día tan importante.
 
Su rostro reflejaba felicidad, pero por dentro solo esperaba que todo esto terminara pronto.
 
Madre: —Perfecto, confío plenamente en ti. Cuídate mucho y, por favor, no olvides mantenernos al tanto de todo.
 
Dania: —Sí, no te preocupes. Bien, ya me iré a dormir, debo madrugar. Además, dejé avisado a don Roberto que no asistiré mañana.
 
Madre: —Bien, hija, que descanses.
 
Dania: —Que descanses, madre.
 
Se despidieron con un beso y un abrazo muy cariñoso. Luego, Dania entró a su cuarto y se preparó para dormir; el silencio de la habitación emanaba tanta calidez y tranquilidad que logró quedarse dormida en segundos.
 
Al día siguiente, el sonido de la alarma se hizo notar entre la oscuridad del amanecer: eran las 5:00 de la madrugada. Era hora de tomar una ducha rápida y luego desayunar. Mientras preparaba su comida, decidió llevar algunos bocadillos extras en su mochila de mano, pensando que tal vez la mochila que debía cargar Elena estaría demasiado pesada. Sonrió con malicia, borrando todo rastro de preocupación, mientras analizaba varias formas de burlarse de ella.
 
La hora había llegado: las 5:35. Era momento de emprender rumbo hacia esa nueva travesía. Aunque no tenía muchas ganas de hacerlo, sabía que no había otra forma de solucionar aquel problema: debía mostrar la evidencia. Ya había pasado demasiado tiempo desde que todo ocurrió; era momento de poner fin a esa pesadilla y, de paso, aprovecharse de la situación.
 
El recorrido hacia el sendero prometía ser una aventura emocionante. Lo único que no lograba animarla del todo era la compañía que tendría ese día. Todo fuera por cumplir ese sueño anhelado, aunque significara molestar a Elena solo por diversión. El trayecto hacia el lugar era silencioso; solo el ruido del motor del autobús turístico llenaba el espacio, junto con las voces de los turistas que admiraban la belleza del paisaje. El camino era largo y exigente, pero valía la pena cada segundo; además, era la hora más recomendable para recorrer un lugar tan extenso y disfrutar de la mayor cantidad de parajes. Por suerte, Elena iría por su cuenta; hubiera sido muy incómodo tenerla sentada a su lado durante todo el viaje.
 
Cuando el autobús estaba por llegar a su destino, Dania pudo ver a Elena esperando en el lugar. En ese momento, se escuchó la voz por el altavoz:
 
Chofer: \"¡Bienvenidos a todos! Antes de descender, les solicitamos su atención para compartirles la siguiente información relevante:
 
El recorrido por nuestra Ruta Emblema, que nos conduce directamente al Sendero de los Apalaches, cumple estrictamente con todas las normativas de seguridad y protección turística vigentes. Por esta razón, les pedimos encarecidamente que extremen sus precauciones ⚠️ y respeten las zonas de acceso restringido que se encuentran a lo largo del trayecto.
 
Al momento de bajarse, se les hará entrega de un folleto informativo detallado, donde podrán consultar todos los espacios y atractivos disponibles para su recorrido y disfrute. Asimismo, recibirán una alarma con sistema GPS actualizado, un dispositivo de tecnología avanzada diseñado para que puedan activarlo ante cualquier situación de emergencia que requiera asistencia inmediata.
 
Es importante que tengan en cuenta que, aunque hoy contamos con un clima muy favorable, estos equipos pueden verse afectados y perder funcionalidad ante condiciones adversas como lluvias intensas, tormentas o precipitaciones fuertes. Les agradecemos por su atención y colaboración\".
 
Tras recibir el folleto y el dispositivo GPS, Dania se acercó a Elena, quien estaba parada a un costado del camino, visiblemente molesta por la falta de sueño y con muy poca energía. Dania, en cambio, quería aprovechar cada segundo de aquel día.
 
Dania: —Buen día, Elena —dijo con falsa alegría.
 
Elena: —¡Uf! ¿Qué tiene de bueno? Empecemos ya, quiero irme rápido a casa —respondió con enfado.
 
Dania: —Pues si ese va a ser tu ánimo, más te vale mejorarlo. O simplemente me esperaré aquí hasta que tengas más energía y terminaremos tardando mucho... quizás demasiado —respondió sentándose en el suelo y haciendo un puchero.
 
Elena: —Espera... ¡No, espera! Ya levántate, ¡ya estoy sonriendo! ¿Lo ves? Avanza de una vez.
 
Dania: —No quiero. Estás arruinando el paseo. Solo quería salir a divertirme con mi amiga...
 
Elena: —Está bien, ¡pero ya, por favor! Nos están mirando, qué vergüenza —exclamó estirando su mano para ayudarla a levantarse.
 
Con una gran sonrisa, Dania se levantó de un salto y gritó:
—¡BIEN! LEVANTA MI MOCHILA Y QUE COMIENCE ESTA AVENTURA —y salió corriendo rápidamente antes de escuchar cualquier protesta.
 
Elena: —¡AY, POR FAVOR! ¿POR QUÉ ERES TAN INFANTIL? —le gritó detrás.
 
Las risas y los gritos se mezclaron en el aire, algo inesperado de ver en aquellas jóvenes que entraban corriendo al sendero. Una vez que recorrieron los primeros 5 km, Elena ya sentía con fuerza el peso de todas las cosas de Dania sobre su espalda.
Elena: —Dania, ¿podemos descansar un minuto? ¡Ya me falta el aire!
 
Dania: —En serio... si solo han sido unos pocos kilómetros —respondió ella, restándole importancia.
 
Elena: —¡Por favor! O al menos lleva tú, tu propia mochila —exclamó Elena, molesta, sintiendo cómo la espalda le ardía.
 
Dania: —Uf... y dicen que yo soy la infantil. Mira, a un kilómetro de aquí hay una zona de descanso. Lleguemos ahí y entonces podremos parar, descansar y comer algo. ¿Te parece justo así?
 
Dania tomó su mochila al fin, dibujando una leve sonrisa en sus labios. El paisaje se volvía cada vez más agradable; podían escuchar el hermoso canto de las aves y el susurro del viento entre los árboles. Mientras avanzaban, Dania se entretenía intentando fotografiar a cada pequeño animalito que se cruzaba en su camino. Elena, por el contrario, apenas prestaba atención al entorno; solo sentía cómo un escalofrío recorría su cuerpo, arrepintiéndose mil veces de haber decidido llevar ropa tan ligera para ese día.
 
Al llegar a la zona de descanso, se encontraron con un aire muy particular, diferente, pero extrañamente tranquilizador. Por un momento, ambas se quedaron anonadadas frente a la maravillosa vista que tenían ante ellas y la inmensidad de la naturaleza a su alrededor.
 
Dania: —Ahora, ven conmigo un momento primero —dijo Dania con un tono más serio.
 
Elena: —¿Qué? —fue lo único que pudo pronunciar, confundida.
 
Dania: —Ten, ponte esto...
 
El asombro en el rostro de Elena era evidente. La miró sin comprender, preguntándose con qué intención le entregaba aquel abrigo grueso y suave. Por largos minutos se quedó mirándola sin reaccionar del todo.
 
Dania: —¿Qué haces ahí parada? Tómalo, que se me cansa la mano de estar extendida —apremió con una media sonrisa.
 
Elena: —¿Por qué? ¿Esto es para mí? —preguntó aún incrédula.
 
Dania: —¿Crees que no pensé que aparecerías vestida de cualquier manera, sin pensar en el frío? —respondió con un toque de sarcasmo.
 
Elena: —Oye... bueno, pero gracias —dijo Elena, un poco más suave.
 
Dania: —De nada. Ahora ve y abrígate bien. Yo prepararé algunas cosas mientras tanto.
 
Elena: —Está bien.
 
Después de acomodarse la ropa y observar a Dania mientras se movía con agilidad, sus ojos se abrieron con sorpresa: había armado una pequeña mesa de campaña y sobre ella había preparado un verdadero festín. Se acercó despacio y procedió a sentarse frente a ella, admirando todo lo que veía.
 
Dania: —Bien, ya debes de tener hambre. Ya son las 8 de la mañana y apenas hemos recorrido la punta de este gran lugar —comentó Dania, acomodando los platos.
 
Elena: —¡Guau! Esto es impresionante. Se nota que lo has preparado con mucha delicadeza y cuidado —admitió Elena, sorprendida por la presentación.
 
Dania: —Muchas gracias, lo tomaré totalmente como un cumplido —respondió Dania, satisfecha.
 
Elena: —Espera un momento... ¿No te lo habrá preparado tu empleada o el personal de tu casa? —preguntó de repente, exaltada por la idea.
 
Dania: —Para nada. En mi familia nos encanta cocinar cuando tenemos tiempo y hay eventos importantes. En mi país, la cocina casera es algo que se valora y se exige mucho, es parte de nosotros.
 
Elena: —Es increíble poder aprender algo así sobre tu vida... pero... —se quedó callada un instante, desconfiada.
 
Dania: —¡Vaya! La gran Elena siente curiosidad por mi vida —interrumpió Dania, burlándose levemente de ella.
 
Elena: —No es eso... es que... además, ¿con qué seguridad puedo probar esto? Podrías haberte aprovechado de todo esto y haberle agregado algo que me altere el estómago o me haga sentir mal —soltó de golpe, dejando ver sus dudas.
 
Dania: —¡Qué tristeza me das! —replicó Dania con tono teatral, llevándose una mano al pecho—. Y yo que estaba emocionada porque quisieras saber algo de mí. ¿Crees realmente que sería capaz de desperdiciar todo lo que he preparado? Está claro que puedo hacerte sentir mal con mis palabras o mis bromas, pero jamás con mi comida. Aunque, si no quieres comer... más será para mí.
 
Elena: —Dime, ¿cómo podría confiar en ti? —insistió, mirando los alimentos con desconfianza.
 
En ese mismo instante, sin decir una palabra más, Dania comenzó a comer con verdadero deleite, probando de cada plato puesto en la mesa, sin importar si era dulce o salado, disfrutando cada bocado frente a los ojos de Elena.
 
Dania: —¿Contenta ahora? —le dijo tras tragar, mirándola fijamente.
 
Elena: —Veo que no tienes malas intenciones... aceptaré la comida. ¡Provecho! —dijo finalmente, venciendo su orgullo y su desconfianza.

Con solo dar el primer bocado, su opinión cambió por completo. El delicioso desayuno de Dania no solo olía bien, sino que su sabor era exquisito; te atrapaba en una mezcla de sabores y aromas, una verdadera delicadeza culinaria que superaba cualquier expectativa que Elena hubiera podido imaginar.
Una vez que los platos quedaron vacíos, Dania tomó el mapa de la zona y comenzó a marcar varios lugares de paso, aunque había un punto en específico que destacaba sobre los demás: era el lugar más lejano al cual quería llegar, y fue justo esto lo que llamó la atención de Elena, quien se asustó al verlo y le preguntó con preocupación:
 
Elena: —Espera... ¿Qué son todas esas marcas? ¿A dónde quieres ir?
 
Dania: —Son los lugares que quiero visitar —respondió ella, sin dejar de mirar el mapa ni levantar la vista.
 
Elena: —¿No crees que es demasiado? Mira cuánto falta... no creo que pueda seguirte ese ritmo, estoy cansada.
 
Dania: —Tampoco es para tanto —replicó con tranquilidad, doblando el mapa—. Además, varios de estos puntos los pasaré solo de largo para poder llegar aquí. Es la zona más grande y hermosa de todas, y es lo que realmente vale la pena ver.
 
Elena: —¡Ay, qué voy a hacer contigo! —suspiró Elena, resignada pero con una media sonrisa.
 
Dania: —Pues, primero que nada, seguirme. Ya es hora de continuar.
 
Elena: —¿En qué lío me he metido esta vez...? Bueno, ya voy —respondió sin muchas ganas, aunque en el fondo ya no le molestaba tanto la idea.
 
Luego de guardar cada cosa en su lugar y asegurarse de no dejar ningún rastro ni basura, continuaron con su ruta, esa travesía que ya se sentía misteriosa y especial a la vez. En el camino pudieron apreciar una gran variedad de naturaleza: animales pequeños, aves de colores y plantas de formas muy bellas, todo iluminado bajo la luz del gran sol que brillaba en lo alto.
 
Todo iba de maravilla; el camino, que al principio se sentía pesado, ahora se hacía mucho más ameno por lo novedoso del recorrido. Hasta Elena terminó entusiasmándose, deteniéndose para tomar varias fotografías. Al ir consumiendo el agua y los alimentos que llevaban preparados, la mochila se hacía cada vez menos pesada para ella y, sin darse cuenta, empezó a disfrutar mucho más de aquella nueva experiencia y de los momentos compartidos con Dania.
 
Por su cabeza pasaban muchas cosas: ideas nuevas, pensamientos creativos, sensaciones que nunca había sentido; todo la llevaba a un sinfín de emociones que quería explorar. Ya habían recorrido cerca del 70% de la ruta. Debido a la energía inagotable de Dania, muchas veces ella se quedaba un poco atrás, pero Dania, discretamente, aminoraba la marcha para esperarla e incluso la ayudaba en los tramos más difíciles: al subir rocas, escalar pequeñas pendientes o cruzar riachuelos sin mojarse. Había diversión sin fin entre ambas.
 
Se estaban conociendo de verdad y, a la vez, sentían que ya sabían mucho la una de la otra. Surgían conversaciones espontáneas sobre sus familias, sus gustos, sus sueños, y Dania le contaba con detalle muchas cosas sobre Chile, su tierra, haciéndola sentir parte de todo aquello. Elena quedaba cada vez más maravillada e inspirada con todo lo que escuchaba y veía.
 
Sin embargo, el tiempo pasaba volando y ya se estaba haciendo tarde. Les faltaba gran parte de la ruta para llegar al punto final, y por un momento pensaron en detenerse, pero una idea cruzó por la mente de Dania al mirar el mapa nuevamente.
 
Dania: —¡Ay, no puede ser! Aún falta mucho y esta era la ruta más corta para llegar, pero... está cortada o cerrada.
 
Elena: —¿Qué pasa? —preguntó Elena, acercándose y poniéndose seria al ver su expresión.
 
Dania: —A este paso, con el camino largo, no llegaremos antes de que caiga la noche. Y la ruta alternativa más cercana aparece como cerrada por derrumbe desde hace tiempo.
 
Elena: —Además, ya es más de mediodía, casi no hemos visto a nadie por aquí cerca... deberíamos regresar mejor, ya hemos visto mucho.
 
Dania: —Es una verdadera pena... —dijo Dania, con la mirada fija en una línea punteada que bordeaba el mapa—. Pero... ¿y si avanzamos solo unos pocos kilómetros por aquí? Y luego nos devolvemos enseguida, te lo prometo.
 
Elena: —Esa zona está clausurada, Dania. ¿De verdad quieres correr ese peligro? ¿No ves los letreros de restringido?
 
Dania: —Solo no quería perder esta oportunidad, es el único lugar desde donde se ve todo el valle... solo hasta el barranco, por favor, será un momento.
 
Elena: —¿Estás loca? No lo haré. Si quieres ir, ve tú, pero yo te espero aquí.
 
Dania: —¿Estás segura? Bien, está bien —respondió Dania, haciéndose la dura, aunque sabía que no la dejaría sola.
 
Elena: —Sí, muy segura. Y te aviso: si no sales en 30 minutos, me largo sola y te dejo aquí con tus vistas.
 
Dania: —Trato hecho.
 
Dania se adentró por el sendero prohibido sin mirar atrás, caminando rápido, emocionada por llegar al lugar y ver todo lo que se imaginaba desde el barranco. Al verla desaparecer entre las curvas del camino, la ansiedad de Elena aumentó de golpe; comenzó a desesperarse, diciéndose a sí misma que no quería correr riesgos con alguien tan impulsiva como ella.
 
Pero entonces, algo cambió drásticamente. El clima se transformó de golpe: de estar soleado y brillante, rápidamente se cubrió de nubes oscuras y se empezó a hacer cada vez más oscuro, mucho más rápido de lo normal. El viento comenzó a soplar con fuerza, moviendo las ramas de los árboles.
 
Elena: —¡Uf! ¿A quién quiero engañar en este momento? —pensó en voz alta, inquieta mirando a todos lados—. La verdad es que no me gusta nada estar sola aquí, y menos ahora que se está poniendo tan feo... ¡DANIA, ESPÉRAME!
 
Pero solo recibió el silencio del bosque como respuesta.
 
Elena: —¿Cómo es posible que avance tan rápido? ¿Acaso no escucha?
 
Sin pensarlo más, decidió adentrarse también en busca de ella. El camino tenía muchas vueltas cerradas, tantas que era imposible ver si había alguien delante o detrás. Le pareció eterno: tramos cortos pero con muchas curvas, hasta que finalmente logró divisar su silueta a lo lejos y corrió hacia ella, acercándose rápidamente y gritando con enfado y alivio a la vez.
 
Elena: —¿¡Cómo se te ocurre adentrarte tanto aquí!? ¡Además, ni siquiera seguiste el camino marcado! ¿Es que quieres perderte de verdad?
 
Dania: —Lo lamento, de verdad... me emocioné demasiado con la idea de llegar y no supe muy bien cómo regresar —respondió apenada, bajando la cabeza, aunque sus ojos brillaban por lo que había descubierto—. Pero mira, valió la pena...
 
Elena: —¿Qué idea tienes en la cabeza? Por buscarte y correr hacia aquí, ni siquiera me fijé bien en el camino de regreso... ahora no sé por dónde vinimos.
 
Dania: —Lo mejor es devolvernos por aquí mismo. Como el camino principal estaba tapado y no quería perderme la vista, decidí recorrer este atajo... y se supone que, después de este tramo, deberíamos escuchar el sonido...
 
Elena: ——Espera... ¿Eso es...? —dijo Elena, interrumpiendo al levantar la cabeza y agudizar el oído.
 
Dania: ——¡El sonido del agua! Viene de por allá —exclamó Dania señalando hacia donde el terreno se abría bruscamente.
 
Ambas chicas corrieron unos pasos más y llegaron al borde del gran mirador: el inmenso barranco se abrió ante sus ojos, imponente, profundo y majestuoso. Pero ya no había sol, ni colores brillantes. La inmensa garganta estaba rodeada por la neblina que subía desde el fondo, y el sonido del agua que se escuchaba era fuerte, retumbante, mezclado ya con los primeros truenos que hacían vibrar la tierra.