Déjame cerrar tus ojos con mi boca.
Es un trámite sencillo,
un pacto a oscuras contra el minutero,
mientras dure esta tregua que nos presta la noche
y la luna no sea más que un dato impreciso en el insomnio.
Atémonos así: sombra con sombra,
sin grandes discursos ni juramentos solemnes,
en este silencio estricto que de momento nos salva
de la catástrofe que ocurre ahí fuera.
Conozco el oficio de inventar un cielo
con estas manos gastadas,
un simulacro de lluvia para el desierto de tu cuerpo,
un breve intento de regar la nada.
Deshojo la pena como quien tacha los días en un almanaque,
buscando tu estrella de norte a sur,
sabiendo de antemano que la brújula está rota.
Permíteme, al menos, el error de idealizarte.
Déjame perderme en ese invento.
No queda otra manera,
no encuentro otra estrategia más humilde
para fingir que te tengo.