A la sombra de la espadaña
Acababa de cruzar la espadaña,
ebrio de soledad y despedida,
entre piedras y muros escondida
la noche desgranaba su guadaña.
¡Qué extraña letanía levantaba
sobre el silencio oscuro de la plaza!
La sombra entre las grietas se abrazaba
al polvo gris que el tiempo despedaza.
Había tanta ausencia en la muralla,
tanto frío dormido entre la piedra,
que hasta el eco, temblando, se quebraba
como una rama seca entre la niebla.
La luna, viejo terciopelo negro,
velaba el campanario silencioso,
su luz caía lenta sobre el hierro
con un fulgor espectral y tembloroso.
¿Qué dicen esas piedras de la altura
cuando clavan su mirada en quien las mira?
¿Qué secreto sepultan en la hondura
del viento que entre los álamos suspira?
La escarcha descendía por mi espalda
igual que una caricia del olvido,
y el corazón, oscuro y malherido,
guardaba su dolor bajo la escarcha.
¿Y qué dicen las piedras cuando nombro
el anhelo escondido entre la sombra?
Tal vez que todo amor acaba siendo
ceniza muda que la noche nombra.