Ante este mar he dejado mis manos,
como quien entrega una lámpara al viento
para que la noche la lleve encendida.
El agua habla.
No con palabras humanas,
sino con esa lengua antigua
que aprendieron las piedras
cuando todavía el mundo era un sueño.
Las olas llegan vestidas de memoria;
traen en sus espaldas
ramas arrancadas del otoño,
nombres que nadie pronuncia,
rostros dormidos bajo la ceniza del tiempo.
Yo las escucho.
Y siento que la vida es una barca de madera humilde
que navega entre dos puertos invisibles:
el de lo que fuimos
y el de aquello que jamás alcanzaremos.
El viento sacude los tamarindos de la orilla.
Parece un caballo verde,
un caballo de espuma y de relámpagos,
galopando por la sangre azul del horizonte.
Entonces comprendo:
las hojas que caen no caen;
aprenden el camino del agua.
Los pájaros que emigran no se marchan;
dibujan en el cielo la escritura del destino.
Y nosotros, hijos breves de la tierra,
tampoco desaparecemos del todo.
Algo nuestro permanece
flotando entre las mareas.
Quizá una risa.
Quizá una tristeza.
Quizá el leve temblor de una mirada
que el tiempo no consiguió borrar.
El mar lo guarda todo.
Guarda la voz del pescador que envejeció esperando,
la canción de la muchacha que miraba los crepúsculos,
el sueño del niño que quiso alcanzar la línea remota
donde el cielo se inclina para besar las aguas.
Todo vive allí,
en la profundidad que nunca termina.
Y mientras la tarde derrama sus naranjas encendidas
sobre el lomo oscuro de las olas,
inclino la cabeza.
No por tristeza.
No por cansancio.
Sino porque frente al mar
uno descubre que también es corriente,
que también es viaje,
que también es hoja desprendida del árbol de los días.
Y entiende, por un instante,
que la eternidad no está en permanecer,
sino en seguir avanzando,
como avanza el agua,
como avanza el viento,
como avanza el corazón
hacia ese horizonte sin orillas
donde el mar recuerda
lo que la tierra olvida.