La primera vez que nos vimos
éramos apenas dos adolescentes
descubriendo el amor,
sin saber que aquella tarde
marcaría para siempre
el destino de nuestras almas.
Ese día,
nuestras miradas se entrelazaron
con la complicidad silenciosa
de un recuerdo
destinado a sobrevivir al tiempo.
Y desde entonces,
una parte de mí
comenzó a pertenecerte.
Todavía recuerdo
la ternura de aquel primer beso,
el perfume de tu piel,
tu sonrisa genuina
y la luz imposible
que habitaba en tus ojos
cada vez que me mirabas.
En aquel entonces,
yo era tu universo
y tú te habías convertido
en el centro exacto del mío.
No podíamos pasar un solo día sin vernos;
lo que comenzó como un juego inocente
terminó convirtiéndose
en la historia más hermosa
que ha vivido mi corazón.
Había entre nosotros
la misma complicidad
que existe entre el cielo y las estrellas,
la misma necesidad
que tiene el mar de la arena,
una sincronía tan perfecta
que parecía que el universo entero
nos pertenecía.
Nunca te dije lo suficiente
cuánto te amaba.
Nunca logré explicarte
lo significativo que fuiste para mí,
ni lo maravilloso que era sentirme amada
de la forma tan pura
en que tú sabías hacerlo.
Dentro de mi alma
tejí futuros contigo,
imaginando el día
en que caminaríamos juntos hacia el altar,
creyendo que el amor verdadero
era suficiente para vencerlo todo.
Pero fuiste mucho más
que mi primer amor.
Eras mi cómplice,
mi refugio,
mi alma gemela,
la inspiración más bonita de mi juventud,
el único lugar
donde podía existir
sin miedo a ser yo misma.
Siempre supiste escucharme,
darme mi lugar,
hacerme sentir única.
A tu lado
jamás tuve que envidiarle nada a nadie.
Contigo fui reina,
emperatriz,
soberana de un mundo
donde el amor parecía infinito.
Fui una mujer
que tocó la gloria
amando con todo el corazón,
una mujer que vivió mil vidas
dentro de una sola existencia.
Y aunque nuestra historia
no terminó de la manera
en que soñé,
sigues siendo, sin duda,
lo más hermoso
que ha vivido mi alma.
Porque hay amores
que, aunque el tiempo transforme,
aunque la vida aleje
y aunque el destino no permita quedarse,
jamás dejan de pertenecernos.