Ella espera junto a las vías
como un campo magnético
torciendo monedas olvidadas en los bolsillos.
La estación huele a hierro mojado,
a electricidad cansada
pegada en los carteles rotos.
Los trenes ya no pasan,
pero el aire conserva
su velocidad fantasma.
Habla poco.
Cada palabra cae
con la precisión de la gravedad.
Los bancos vacíos
se inclinan hacia ella,
como si una masa secreta
curvara el andén.
Yo permanezco cerca,
atrapado en su órbita,
girando sin acercarme nunca.
Cuando se marcha,
no deja silencio.
Deja una fuerza residual,
un temblor de rieles
que sigue viajando
mucho después del último tren.
Daniel Omar Cignacco © 2026