Bajo la sombra herida de la selva,
se cruzaron el rastro y la mirada;
él, con el arco tenso en la alborada,
ella, una sombra de azabache bella.
No hubo disparo, el arma cayó al suelo,
la fiera abrió su pecho a la caricia;
nació un amor de fuego y de delicia,
un pacto herético entre el cazador y el cielo.
Pero el amor no cambia los colmillos,
ni olvida el cazador su herencia armada;
un abrazo se volvió una estocada,
y el golpe del instinto apagó brillos.
Se hirieron con la fuerza del instinto,
sangraron por amarse a contraviento;
la fiera huyó rugiendo su lamento,
y él se quedó atrapado en su laberinto.
Hoy los separa el bosque y lo no entendido,
dos almas que se queman en la ausencia:
ella es la noche oscura, él es el día,
dos mundos que deshace su porfía.