El abismo bostezó
Cansado de morir,
aprendí a mirar el abismo
como quien hojea un libro
ya leído tantas veces
que las páginas se caen solas.
Y el abismo me miró.
No con furia, no con hambre,
sino con el cansancio idéntico
de quien también ha ensayado
todas las formas de tragarse algo
sin conseguirlo nunca del todo.
Me reconoció.
Eso fue lo peor.
No el vértigo, no el vacío,
sino esa intimidad incómoda
de dos viejos adversarios
que ya ni se odian bien.
Y supe entonces
que yo también era abismo.
Un abismo pequeño,
doméstico,
que se traga los lunes
y devuelve los jueves
sin explicación.
El abismo me miraba
y en sus ojos sin fondo
vi reflejada mi propia grieta
—aquella que confundí con herida
y era solo una puerta
abierta a ninguna parte—.
No me devoró.
Hizo algo más extraño:
bostezó.
Se aburrió de mí
como yo me aburrí de morir.
Y en ese bostezo cósmico
entendí que el espanto
no era caer,
sino aburrir al abismo.
Ser un bocado tan insípido
que ni el vacío recuerda.
Entonces,
con la vergüenza discreta
de quien llega tarde a una fiesta,
empecé a caminar hacia atrás,
alejándome del borde
no por miedo,
sino por cortesía.
Como quien se retira
sin hacer ruido,
cuando comprende
que ya no lo esperan.
Antonio Portillo Spínola ©️