La moneda bajo la lengua.
Nacieron mercaderes junto al camino.
Pesaban juramentos en balanzas de estaño.
Intercambiaban nombres por refugios.
Vendían retratos de sí mismos.
La multitud aplaudía cada trueque, creyendo que nada se perdía.
Hubo quien vio otra cosa,
un objeto oculto detrás de los dientes.
No brillaba,
no otorgaba privilegios,
tampoco abría portones,
permanecía allí.
Pasaron inviernos sobre los techos.
Los heraldos cambiaron de bandera.
Las plazas aprendieron consignas nuevas.
Muchos regresaron cubiertos de prestigio.
Traían cofres, sellos, escoltas.
Llevaron al matadero
aquello que los miraba desde dentro.
Sin embargo, al cruzar los umbrales, algo faltaba,
las sombras de sus pasos llegaban incompletas,
como si hubiesen dejado una vértebra en cada pacto.
Otros eligieron la intemperie.
Nadie escribió sus gestas.
Ningún coro conservó memoria.
Aun así permanecieron enteros.
Hay árboles que conocen ese principio:
no negocian con la tormenta.
Pierden ramas.
La corteza se desprende.
Se acorta su sombra.
Jamás las raíces.
Las coronas también se hunden.
La sal reina sobre los tronos.
El musgo se alimenta de las estatuas.
Ninguno volvió entero,
su sitio quedó ocupado.
No por un enemigo,
mucho menos por el tiempo.
Por una ausencia con su rostro.
Cuando profanaron el cuerpo del último rey, buscando el origen de su caída, hallaron intacta cada costilla, cada órgano, cada hueso.
Excepto aquello que había vendido.
xElthan.