EL SILENCIO DE QUIÉN SOSTIENE
Le subí el ánimo a tantas personas, fui refugio en sus tormentas, la voz que alentaba cuando todo parecía perdido, la mano tendida cuando el camino se volvía incierto.
Regalé sonrisas aun en mis días grises, encendí esperanzas con mi propia luz, sin mostrar que, por dentro, también libraba mis propias batallas.
Y cuando mi ánimo decayó, cuando el cansancio abrazó mis pensamientos, nadie pareció notarlo, porque quienes siempre sostienen a otros aprenden a ocultar sus heridas.
Pero la vida enseña una verdad profunda:
No todos ignoran nuestro dolor por indiferencia, muchas veces no lo ven porque nos acostumbramos a parecer invencibles.
Por eso nunca olvides cuidar tu propia alma. El corazón que da consuelo también merece descanso, la persona que escucha también necesita ser escuchada, y quien ilumina caminos ajenos merece encontrar luz para el suyo.
Porque incluso cuando nadie parece darse cuenta, tu valor no disminuye, tu bondad no fue en vano, y cada ánimo que levantaste es una huella hermosa que dejaste en el mundo.
A veces, la lección no es dejar de ayudar, sino recordar que también mereces recibir el mismo cariño, la misma atención y la misma comprensión que entregas a los demás.