CENIZAS DE UN SUSURRO.

El pacto de la luz

Amaris, tu nombre es un decreto sagrado, remanso divino, heredad prometida, el puente inmortal que los tiempos han trazado para vencer la distancia y fundirse en mi vida.

No busco el aroma de un huerto lejano ni lloro el latido que el viento arrastró; me basta el milagro de asir de tu mano el vivo consuelo que el cielo forjó.

Custodias en tu frente un enigma bendito: esos crespos que son el vestigio y la alianza de mi ancestro adorado, del ser infinito que al partir de la tierra nos dejó su templanza.

Posees pestañas sutiles, hermosas, umbrales perfectos de un dulce café; mirada que alberga las cosas más puras y enciende en mi pecho la llama de la fe.

Heredaste el linaje de un alma gigante, un pecho inviolable, genuino y leal; el mismo gran corazón que marchó hacia adelante hoy late en tu centro, sublime y vital.

Tus manos pequeñas, templadas, dispuestas, redimen mi mundo si me dan su abrigo; tu mente es un astro de luces inéditas, un genio genuino que habita conmigo.

Eres cielo en la tierra, mi Amaris amada, el lazo perpetuo que nunca cedió; la prueba viviente, en tu risa sagrada, de que aquella esencia jamás se marchó.

Hoy sé que la ausencia es solo una quimera, que no existe el olvido ni el fin del camino, pues cuando te miro, florece la espera: ¡la muerte es un mito si estás en mi destino!