Mi patria no fuiste tú, ni las noches en que tu cuerpo tibio era iluminado por la tenue luz de mi habitación, esas noches en que tu cuerpo era como una montaña tendida con la luna subiendo tras sus montes y laderas. No, no fuiste mi patria, a pesar de que tu pecho fue el remanso de mis días. Siento a veces tus ojos mirarme, siento cómo penetran mi carne y se incrusta tu mirada en mi espíritu, como si buscaras algo, como si una fuerza sobrenatural te asistiera en tus anhelos de mi amor. No pude quererte a pesar de mi deseo loco y ebrio por tu carne, no pudo mi amor reconocerse en tus besos, perdón. Hay amores que nacieron muertos, hay puertas para las que no se hicieron llaves. A veces te pienso y siento un vacío que sigue acompañado por un olvido, como si un abismo en el tiempo se tragara todo y nos dejara en los huesos. ¡Ah, mujer! No florecen los jazmines en el desierto.