El día no muere cuando el sol se esconde,
no se va con el último rayo de luz;
vive en el café que te calienta las manos,
en el susurro del viento que acaricia la cruz.
Vive en la risa que escapa sin querer,
en la carta que nunca mandaste, en el beso que guardaste;
en el pan recién horneado, en el vino que se acerca,
en el silencio que hablas cuando ya no queda nada.
El día no es horas ni minutos contados,
no es reloj que marca ni calendario que mide;
es el eco de cada paso que diste,
es el sabor de cada sueño que viviste.
Mira: el atardecer no es un final,
es el momento en que el día se desnuda;
muestra sus secretos, sus heridas, sus milagros,
se entrega entero, sin miedo, sin ruegos.
Y cuando la noche llega con su manto de estrellas,
el día no se va — se transforma;
se convierte en memoria que calienta el alma,
en semilla que espera el alba del mañana.