Luis Barreda Morán

Humana

Humana

No soy la mujer de los cuentos
que llega envuelta en luz perfecta,
ni la que sonríe siempre,
ni la que sabe exactamente qué decir
cuando el mundo se derrumba.

Soy la mujer que a veces se pierde
en los pasillos oscuros de su mente,
la que carga tormentas invisibles
detrás de una mirada aparentemente tranquila,
la que lucha contra monstruos
que nadie más puede ver.

No soy fácil de entender.

Hay días en que habito el silencio
como quien se refugia de una guerra,
y otros en que mis pensamientos
corren descalzos por precipicios de dudas.

A veces parezco distante,
como una luna escondida entre nubes,
pero no es desamor lo que me aleja,
es miedo.

Miedo a caer.
Miedo a creer.
Miedo a entregar las llaves de mi alma
a quien un día pueda marcharse.

No soy un amor de vértigo.

No amo como incendian los bosques,
ni como explotan las estrellas.

Amo como crecen los árboles:
lentamente,
en silencio,
echando raíces profundas
antes de ofrecer sombra.

Mi amor no siempre sabe hacer ruido.
No siempre grita.
No siempre corre.

A veces ama tan despacio
que parece no amar.

Pero dentro de mí,
cada sentimiento encuentra su hogar
y se queda.

Porque aprendí que lo eterno
no siempre es lo más intenso,
sino lo que permanece.

No vengo intacta.

Traigo cicatrices cosidas con paciencia,
recuerdos que aún duelen cuando llueve,
y heridas que algunas noches
siguen pronunciando mi nombre.

Aún converso con fantasmas antiguos.
Aún abrazo a la niña que fui,
esa que aprendió demasiado pronto
que el amor también podía doler.

Ella vive aquí,
entre mis costillas.

Todavía teme no ser suficiente.
Todavía cree que algún día
alguien descubrirá sus defectos
y se irá.

Por eso a veces construyo muros.
Por eso a veces huyo.
Por eso a veces desaparezco
cuando más deseo quedarme.

No soy tan fuerte como aparento.

Hay días en que el cansancio
me dobla las alas.

Hay noches en que lloro
sin una razón exacta,
simplemente porque el alma también necesita
derramarse para seguir respirando.

Y sí,
a veces me enojo con el mundo.

Me vuelvo impaciente.
Rebelde.
Contradictoria.

A veces quiero recibir océanos
cuando apenas puedo ofrecer una lluvia.

A veces exijo respuestas
que ni siquiera yo poseo.

Y me equivoco.

Me equivoco mucho.

No soy perfecta.

Estoy lejos de ser ese ideal imposible
que tantas veces intentaron vendernos.

Hay momentos en que quisiera ser más dulce,
más suave,
más sencilla.

Quisiera que las palabras salieran fáciles,
que los “te amo”
no se quedaran atrapados en mi garganta,
que los “te extraño”
no murieran en la distancia,
que los “perdóname”
encontraran el valor para nacer.

Pero a veces el corazón
habla un idioma distinto al de los labios.

Y entonces callo.
Y entonces me alejo.
Y entonces parezco fría
cuando en realidad estoy temblando por dentro.

No soy un sueño.

Soy humana.

Terriblemente humana.

Con hormonas,
con contradicciones,
con lágrimas escondidas,
con sarcasmos defensivos
y con días donde la tristeza
se sienta a beber café conmigo.

Tengo grietas.

Muchas.

Y durante años
intenté esconderlas.

Hasta que entendí
que la luz entra precisamente por ahí.

Porque detrás de toda mi melancolía,
detrás de cada miedo,
detrás de cada batalla silenciosa,
vive una mujer que no se ha rendido.

Una niña vieja.
Una bruja de manos cansadas.
Una coleccionista de esperanzas.
Una sobreviviente.

Alguien que sigue creyendo en la magia
aunque haya conocido la oscuridad.

Alguien que sigue apostando por el amor
aunque haya perdido tantas veces.

Alguien que aún guarda flores
en medio de los inviernos.

Y quizá eso es lo que soy.

No una fantasía.
No un anhelo imposible.
No una promesa perfecta.

Sino una mujer llena de luces y sombras,
de ruinas y jardines,
de heridas y milagros.

Una mujer que aún está aprendiendo
a abrazar cada parte de sí misma.

Y que en el fondo,
muy en el fondo,
solo desea encontrar a alguien
capaz de quedarse.

Alguien que no tema a sus tormentas.
Que no huya de sus silencios.
Que no intente corregir sus grietas.

Alguien que mire sus cicatrices
como quien contempla constelaciones.

Alguien que descubra la belleza
en aquello que otros llaman defectos.

Alguien que vea a la niña,
a la mujer,
a la bruja,
a la guerrera.

Y que al conocer todos sus demonios,
todas sus dudas,
todos sus inviernos,

elija quedarse.

Porque entendió que, detrás de todo eso,

late un corazón inmenso,
terco,
vulnerable,

y maravillosamente vivo.

—Luis Barreda/LAB
Glendale, California, EUA 
Octubre, 2018.