No sé en qué momento fue
que realmente te conocí.
No era invierno ni otoño;
las plantas de mi barrio coloreaban
cada esquina que cruzaba,
como si el mundo estuviera aprendiendo a florecer.
Caminaba distraído,
con la mirada perdida en cualquier parte,
creyendo que aquel día
sería igual a todos los demás.
Entonces choqué contigo.
Recuerdo que te disculpaste primero.
Recuerdo tu sonrisa breve,
tan ligera,
que casi pensé haberla imaginado.
Y, sin embargo, bastó eso.
Tu presencia abrió una primavera
donde antes solo había días comunes.
Te levantaste y seguiste tu rumbo.
No tomé tu mano.
No dije tu nombre.
Ni siquiera pregunté quién eras.
Solo sentí capullos de rosas
brotando en mi estómago,
tallos creciendo por mi garganta
y pétalos ocupando las palabras
que nunca llegué a decir.
Desde entonces,
cada vez que las flores colorean mi barrio,
pienso en aquella tarde
y en cómo una desconocida
consiguió quedarse
mucho después de haberse ido.