Doña Hortensia permanecía extasiada sentada en aquel guijarro blanquecino cerca del río escuchando el singular ruido ocasionado por el rodar de las piedras y el murmullo de las aguas recorriendo su cauce natural. No estaba sola. La acompañaban sus cuatro nietos, a quienes les contaba cuentos de pajaritos hablando con las flores en su lenguaje del canto matutino. Ella fijaba su mirada en el paseo fluvial recordando su niñez...allá en su hogar solariego cuando sus hermanitos, temerosos, solían permanecer encerrados por las tormentas eléctricas y lluvias copiosas que caían en la ciudad. Su mayor entretenimiento durante esos días lluviosos: elaborar barquitos de papel o de cartulina para luego echarlos al riachuelo que se formaba en las estrechas calles del barrio, a veces cristalino, otras, turbio, mezclado con la basura que botaban los inescrupulosos vecinos, sin tener conciencia del daño ecológico que ocasionaba tal acción.
Continuaba Doña Hortensia con sus recuerdos de aquellas fantasiosas embarcaciones artesanales que hacía para jugar, tirándolas al arroyo que circulaba por las veredas... pensando en voz alta... \"mis barquitos de papel, recuerdos de mi infancia...colocados con esmero en el agua con estricta disciplina cual \'fila india\' sabiendo que viajarían a la deriva, entregados al capricho de la corriente que inundaba el portal de la casa.
La abuela Hortensia continuaba conversando con sus nietos recordando sus miniaturas de fantasía hechas añicos por la fuerza del torrencial aguacero y resignada al ver cómo desaparecían sus barquitos confeccionados con paciencia y amor, creyendo que podían navegar hasta llegar a un paradero seguro.
¡Oh, quimera de mi niñez! -susurraba. Mi solitaria flota marina hecha de cartones perdida en la creciente! Mientras tanto, los chiquillos y yo, temblábamos de miedo entre llantos y sobrecogimiento, acurrucados en los brazos de nuestra madre.
¡Abuelita!... -interrumpió el chiquilín. ¿Por qué los lanzabas al agua sin Capitán?
¡Ah...cierto, sin Capitán!.. pero mi voz soplándoles las velas!... Otra historia que les contaré en el próximo campamento.
¡Vámonos niños!, recojan los peroles que la tarde oscurece y es hora de preparar la cena.
Nhylath