Giré la llave
y algo vibró antes que la moto.
No era el motor.
Era una duda
poniéndose en marcha.
La calle de siempre
—la misma vereda, el mismo árbol—
había cambiado de tamaño.
No sé cuándo.
Avancé.
El viento no era viento:
era una mano
que no conocía mi nombre.
En cada esquina
algo parecía esperar
que yo fallara.
Miré el espejo.
La casa seguía ahí,
pero ya no estaba
de mi lado.
Seguí.
El ruido del motor
insistía
como si supiera algo.
Y en algún punto
—sin darme cuenta—
dejé de ser
el que había salido