Corría junto al mar.
La tarde incendiaba el horizonte
con naranjas profundos y rojos de sangre,
y el océano extendía sus brazos de espuma
como una madre que aún cree
que puede proteger a todos sus hijos.
La arena se adhería a mi piel morena,
grano por grano,
como se adhieren las ausencias,
como se adhieren los nombres
de quienes partieron demasiado pronto.
El mundo parecía estar en paz.
Por primera vez no había guerras.
Ningún misil atravesaba el cielo.
Ningún padre cargaba el cuerpo inmóvil de su hijo.
Ninguna madre besaba una frente fría
preguntándole a Dios por qué.
Los periódicos habían olvidado la palabra masacre.
Los noticieros habían olvidado la palabra hambre.
Y los niños...
Los niños seguían siendo niños.
Corrían descalzos sobre la orilla,
persiguiendo gaviotas,
con las rodillas llenas de arena
y el corazón intacto.
Ninguno conocía el sonido de una explosión.
Ninguno aprendía a distinguir
entre un trueno y un disparo.
Ninguno se dormía abrazando el miedo.
Ninguno fingía haber cenado
para que su madre pudiera comer.
Sus platos estaban llenos.
Y cada plato lleno
parecía una sonrisa.
Y cada sonrisa
parecía una victoria.
Y cada victoria
parecía un milagro.
Corrí más rápido.
Quise alcanzar aquella humanidad imposible.
Quise tocarla.
Quise quedarme allí para siempre.
Vi ciudades enteras
levantadas sobre la bondad.
Vi escuelas donde los niños aprendían poesía
antes que supervivencia.
Vi mujeres caminando de noche
sin mirar detrás de sus hombros.
Vi ancianos muriendo de edad
y no de abandono.
Vi hombres capaces de llorar
sin vergüenza.
Vi pueblos enteros
que jamás tuvieron que elegir
entre el pan y la dignidad.
Y lloré.
Lloré por todos los que nunca llegaron.
Por los niños cuyos juguetes
quedaron enterrados bajo los escombros.
Por las niñas obligadas a crecer
antes de aprender a soñar.
Por los hombres olvidados en las calles.
Por las mujeres que aún esconden sus heridas
bajo mangas largas y sonrisas falsas.
Por quienes murieron esperando justicia.
Por quienes murieron esperando comida.
Por quienes murieron esperando ser vistos.
El cielo comenzó a oscurecer.
El rojo del atardecer se volvió más profundo.
Tan profundo como la sangre.
Tan profundo como Hiroshima.
Tan profundo como todas las heridas
que la humanidad intenta ocultar.
Entonces comprendí algo terrible.
Aquel mundo perfecto no era un recuerdo.
No era el futuro.
No era una promesa.
Era un deseo.
Nada más.
El último deseo de alguien
que estaba abandonando la vida.
Abrí los ojos.
El mar desapareció.
Las olas se extinguieron.
Las gaviotas callaron.
La arena dejó de existir.
Solo quedaron paredes agrietadas.
Un techo roto.
Una lámpara moribunda.
Y el olor triste
de un hospital abandonado.
Comprendí entonces
que jamás había corrido por aquella playa.
Mi cuerpo yacía inmóvil.
Mi pecho apenas recordaba respirar.
Y el mundo seguía siendo el mismo.
Seguían existiendo las guerras.
Seguían existiendo los niños con hambre.
Seguían existiendo los abusadores,
los traficantes,
los asesinos,
los hombres que convierten la vida ajena
en una cifra.
Seguía existiendo el miedo.
Cerré los ojos una última vez.
Y mientras mi nombre se alejaba lentamente de mí,
escuché otra vez las risas.
Los niños corrían junto al mar.
Libres.
Seguros.
Felices.
Tan felices
que dolía mirarlos.
Entonces comprendí que aquello no era el paraíso.
Era simplemente
el mundo
como siempre debió haber sido.