Quien sueña fuera del mundo, lo reinventa.
Río plateado que nace en el brillo,
mezcla de lluvia y rocío,
avanza obstinado en su cauce bravío,
anidan su cuenco, corrientes y remolinos.
Las piedras en sus orillas
resisten con hidalguía,
sangran sus grietas,
esquirlas de arena
lisura de musgo ungido.
De pronto la serpiente
se enrolla,
se aleja y olvida;
la garza en su portento,
regaña al pez
que rehúsa ser su alimento.
Un sauce tortuoso
roza su lecho;
el río estalla de risa:
sus hojas, sus ramas
inventan cosquillas.
Las gotas que salpican
se precipitan, se vuelven alas,
encarnan en aguaciles
que beben de su agua bendita.
Una y otra vez se sumergen
las hojas con sus ramas,
donde apenas se sostiene
diminuta apariencia
de gris caparazón y antenas parvas,
que lucha por no caer
a la rápida cascada.
El cauce multiplica por cien sus embates,
el sauce resiste,
la vida se aferra,
y en un punto se parecen:
solo tienen un propósito.
Las ramas se arquean,
las hojas se estremecen
bajo un sol que resplandece,
luego:
todo termina de improvisto:
cierro el grifo,
el perejil queda limpio.