Yoleisy Saldana

La Belleza De Lo Irrepetible.

Tenía la sonrisa más hermosa
que mis ojos habían contemplado,
y vaya que he visto atardeceres
morir lentamente
a lo largo de mi historia
caminando sobre esta tierra.

Pero ninguno llevaba
la luz imposible
que habitaba en su rostro.

En sus ojos descansaba el sol
con una delicadeza sagrada,
como si el universo entero
hubiera elegido aquel lugar
para rendirse en silencio.

Mirarlo
era dejar sin sentido cualquier novela,
porque ninguna fantasía inventada
podría superar
la perfección de su existencia.

Su voz tenía la suavidad
de aquello que nace en el cielo;
un timbre angelical
capaz de erizar la piel
y estremecer las partes más ocultas del alma.

Y en su mirada,
como constelaciones suspendidas en la noche,
habitaba una belleza
que no podía compararse
con nada de este mundo.

Porque incluso el lenguaje
se quedaba pequeño
intentando nombrarlo.

Su piel era delicada
como la de un ángel
recién caído del paraíso,
y el brillo de su sonrisa
dejaba mi respiración suspendida
entre el asombro y el deseo.

Su cabello, oscuro como la noche más profunda,
se movía suave
como el viento cuando acaricia el mar.

Amarlo siempre fue una contradicción.

Era intentar huir
y terminar regresando,
como quien conoce el peligro
pero aun así
decide incendiarse.

Estar con él
era descender al éxtasis,
perderse en un abismo bendito
del que jamás quise escapar.

Era tocar el cielo con las manos,
beber el elixir de la eternidad,
morir lentamente
para volver a renacer
cada madrugada entre sus brazos.

Recostarme sobre su piel
se convirtió en mi vicio, 
ese del que el alma
nunca desea curarse.

Porque amarlo
fue perderme y encontrarme,
arder y sanar,
caer y elevarme
todo al mismo tiempo.

Y aún hoy,
cuando el silencio pronuncia su nombre
dentro de mi memoria,
sigo sin saber
si aquello que sentía
fue una hermosa ilusión
o si verdaderamente
él fue el amor
que el destino escribió para mi vida.