A veces la boca no me da para decir las cosas que debería decir. Existe un nudo en mi garganta que ahorca mis ideas, que no pueden salir. Falsamente pienso que se disuelven en el ácido de mi estómago. Pero los sentimientos siguen acumulándose en la mente. Cada vez más pesada se vuelve la cabeza.
Falsamente pienso que es cansancio. Pereza de seguir intentando. Pero mis deseos de llorar me dicen que lo que pasa dentro de mí va a desbordar.
Llorosos los ojos y seca la garganta. Las ideas son tantas que el cerebro no sabe por cuál de ellas está triste. No se pueden elegir ni agrupar.
—¡Nuevamente las ignoraré! ¡Ahóguense en el fondo de mi estómago!— dije mientras calmaba mi ansiedad con chocolates.
Un sentir más, ¿y qué? Puedo minimizarme y continuar fingiendo grandeza.
—¡Estoy bien!— repito al espejo.
La frente está junto a los pies. No veo las cosas derechas. La mente se volvió más pesada que mil cuerpos juntos, unos sobre otros.
—¿Qué más da? Puedo arrastrarme o rodar. Sigo teniendo los brazos y las piernas. ¡Estoy bien!— insistí.
Sabiendo que sería una de las últimas mentiras que me quedaban.
La mente seguía ingenua, pero, por primera vez, mi corazón no pareció creerme.