Mirando por la ventana de la casa esa tarde en la que el cielo parecía vaciar todos sus cántaros entre estrépito de truenos y relámpagos, veía pasar los arroyos que la lluvia formaba con nostalgia: en esos lejanos ayeres solía llover igual, pero la calle todavía sin banquetas ni pavimento arrastraba en sus arroyos hojas, ramitas, florecitas secas y piedrecillas; en mi imaginación calentada por lecturas de aventuras me veía yo en una balsa,arrastrada también pero sorteando todos esos obstáculos con el afán de llegar a la ciudad dorada, aventura que podía perdurar toda la lluvia y mucho más. Ahora lo que veía correr en los arroyos apresurados, contenidos por la banqueta eran bolsas, envolturas, restos de comida, envases y toda suerte de desechos, tal vez por prestar demasiada atención a la cantidad de porquería que en poco tiempo taparía las pocas alcantarillas disponibles, pude detectar un pequeño bulto sucio que se movía desesperadamente entre los objetos, pensé que se trataba de un gatito, un tlacuache o algún otro cachorro en peligro por lo cual me apuré a salir en su rescate llevando una toalla para envolverlo, el agua me llegó hasta media pantorrilla y no sin esfuerzo logré darle alcance; una vez en la casa encendí la estufa (lo siento, no uso secadora) y con sumo cuidado procuré entibiar el bultito mientras la criatura en su interior permanecía quieta, paralizada posiblemente de miedo, mientras palpaba su interior sentí algo extraño: esperaba yo un esqueletito frágil, con extremidades bien definidas y flexibles, en su lugar tocaba yo algo rígido, con articulaciones sí, pero extrañamente lisas y rígidas, como si se tratara de un exoesqueleto, cuando la criatura por fin se movió lo que se me vino a la mente fue que tenía alguna especie de escarabajo o escorpión entre mis manos y por supuesto me asusté, aventando la toalla con todo y criatura al piso.
Por si acaso me armé con una escoba por si “aquello” me atacaba, pero lo que fue descubriéndose debajo de la toalla era una especie desconocida, una curiosa mezcla de gato, cuyo y mapache: tenía la cabeza redonda al igual que las orejas, hocico alargado con largos bigotes, ojos negros redondos circundados por finas y cortas pestañas, patas de marsupial, breve cuerpo y un pequeño rabo, todo él recubierto por pelusa húmeda todavía pero aparentemente suave de color gris claro con manchas amarillentas en la circunferencia de los ojos, hocico, patas y rabo; su aspecto tierno me hizo olvidar la sensación anterior y arrepentida de haberlo arrojado al piso me acerqué cautelosamente para ver si me permitía acariciarlo pues se había quedado muy quieto de nuevo, primero acerqué mi mano, luego lo toqué con un dedo, luego el otro, su cuerpo era suave, aunque algo frío, respiraba pausadamente, se dejó acariciar, era pequeño, no más grande que mi mano, lo levanté, tomé otra toalla y acabé de secarlo, ambos estábamos tranquilos aunque yo todavía no podía creer que tenía ante mi una nueva especie, tal vez un mutante resultado de algún experimento secreto que algún científico con complejo infantil haya intentado fusionar su propio “ornitorrinco” y el resultado no le haya satisfecho por lo cual hubiese decidido aprovechar la tormenta para aventarlo por el drenaje, también pudiera ser que la especie haya caído en algún meteorito que al tocar tierra se despedazó, liberándolo o que viviera en el interior de la tierra y al salir se hubiera extraviado con la tormenta, haber sido atrapado en la inundación hasta que yo lo detecté; o era el resultado híbrido de las especies comprometidas que andaban ebrias y tuvieron una orgía generacional hasta llegar a éste pequeño ser; claro que imaginar todo eso era volarse la barda, quizás simplemente estaba ante un raro espécimen en peligro de extinción cuyo hábitat había sido destruido y deambulaba a duras penas tratando de sobrevivir, entonces decidí que lo cuidaría lo mejor posible sin dar aviso a nadie, porque es sabido que basta un rumor para que las noticias se rieguen como pólvora y la pobre criatura terminara en una sala de disección, secuestrada por hombres de negro o enjaulada en algún zoológico privado.
Lo primero era alimentarlo, pero mis esfuerzos fueron en vano, le ofrecí leche, jugo, fruta, lechuga, apio, cacahuates, pollo asado, carne cruda, tortilla, pan pero uno tras otro los fue rechazando, olisqueaba, me miraba y estornudaba, solo bebió un poco de agua, hasta entonces me percaté de que no emitía ningún sonido, tan solo un leve rechinido cuando se movía, como si se alguna manera su articulaciones requieran lubricación, pero no mostraba dolor por lo cual se agregó a las rarezas que se fueron acumulando a lo largo de los días.
Esa primera noche preparé una caja con frazadas para que durmiera, yo me acosté no sin antes acariciarlo largamente, era suavecito, dócil y en la oscuridad sus ojos se encendía permanentemente con esa luminiscencia propia de los gatos, eran unas preciosas lamparitas verdes que se sumaron a las rarezas que fui descubriendo con paso de los días. La madrugada de ese día me despertaron un pleito felino en el patio de mi casa, creí que los gatos de la colonia andaban en celo, pero la fiereza de la pelea y los maullidos dolorosos que siguieron me sobresaltaron, sin embargo yo había cerrado la ventana y mi pequeño Tochtli (así decidí llamar a mi nueva mascota) esta seguro, sus hábitos tranquilizaban e inquietaban a la vez: no le veía acicalarse y cuando intentaba bañarlo parecía adivinar mis pensamientos pues desaparecía y aun con la casa cerrada era imposible encontrarlo, pero inexplicablemente se metía al baño se alguna manera, cuando yo me estaba duchando y permanecía ahí bajo el chorro hasta que terminaba y lo secaba con otra toalla, no comía, al menos no lo que le ofrecía ni en mi presencia, tampoco encontraba defecaciones por limpiar, no soltaba pelo, se desplazaba por toda la casa sin hacer más ruido que el rechinido al cual ya me había acostumbrado y eso con movimientos pausados, como estudiando entorno, cuando encendía la computadora se quedaba fijo en la pantalla, acurrucado en mi regazo prestando la misma atención que yo, por las noches después de acostarme lo escuchaba deambular con su rechinido inconfundible, incluso en el techo (¿tendría genes de lagartija?) hasta quedarme dormida, fue una temporada en la que los animales de la colonia parecían detectar presencias invisibles pues solían aullar, pelear, ladrar y aullar con más frecuencia de lo normal, los vecinos hablaban de sombras alargadas y oscuras sobre los techos de las casas, aullidos que no pertenecían a sus perros, cachorros y gallinas atacadas de los cuales no quedaba ni rastro, “ha vuelto el chupacabras” decían los más viejos, pero eso no me preocupaba, finalmente no habían víctimas humanas y los animales podían haberse perdido o haber sido robados para vender pues varios recién llegados se establecieron en la colonia trayendo quién sabe qué mañas, además las desapariciones no eran tan constantes como para alarmarse, las sombras alargadas podían ser producto de la conciencia culposa de la gente por los tiempos finales que todas las religiones anunciaban para lograr el arrepentimiento de ésta generación perversa; yo por mi parte seguía mi rutina, al menos hasta que descubrí que mi Tochtli crecía y sus cambios me desconcertaban: estaba perdiendo su suave y esponjoso pelaje, sus extremidades se alargaban poniéndose cada vez más rígidas, eso me preocupaba pues se me vino a la mente la primera sensación que tuve cuando lo recogí en la toalla ¿se convertiría en un inquietante exoesqueleto?¿adquiría un aspecto insectoide? ¿qué clase de mente o evolución demente podría haber concebido algo así? ni Frankestein se atrevería a tanto, miraba a Tochtli y como siempre él parecía adivinar mis pensamientos, me enfrentaba unos segundos, luego desviaba la mirada, como diciendo ¿qué quieres que haga? Así soy, en mi interior había una extraña mezcla de culpa, para mi seguía siendo una mascota que no exigía absolutamente nada, que no causaba destrozos ¿cómo tomarlo e irlo a aventar a algún monte lejano? Las lamparitas de sus ojos brillaban con un intenso color verde esmeralda o azul turquesa, como joyas en la oscuridad de mi cuarto sin mostrarse amenazantes en ningún momento, ay Tochtli, si tan solo pudieras comunicarte, decirme a donde llevarte, estaba claro que mi casa no era hogar para ti.
Tomé por costumbre meterlo en una mochila y llevármelo a alguna área arbolada o a la playa, temía que intentara escapar al sentirse encerrado, pero no lo hizo, cuando llegábamos me aseguraba de que no había nadie alrededor y lo liberaba con la esperanza de que tomara su propio rumbo, pero no lo hizo, estudiaba el entorno, se metía entre los arbustos, subía los árboles pero no parecía adaptarse y terminaba entrando voluntariamente a la mochila.
Había pasado ya un año, había perdido por completo su pelaje, el rechinido se había hecho más intenso, su aspecto ahora me causaba aversión cada vez que se me acercaba, ahora parecía más bien una rata sin rabo, sus filosos dientes sobresalían de una mandíbula negra opaca, las extremidades pelonas, grises y porosas al rechinar me causaban escalofríos, sobre todo por las noches y aunque saliera (sí, cuando comenzó su metamorfosis comencé a dejar la ventana abierta con la esperanza de que ya no volviera, aunque haciendo memoria estoy segura de que aprendió a abrirla desde hacía mucho) podía escuchar sus movimientos de maquinaria oxidada, desquiciando a los perros al moverse sobre los techos, las bardas, buscando gallinas o cachorros descuidados, expandiendo en el aire sus prolongados aullidos, atemorizando a los vecinos que para ese entonces acudían a la iglesia cada domingo y organizaban rosarios mientras otros se encimaban toda clase de amuletos; pensar que yo fui quien inicio las conversiones no me consolaba, yo misma estaba alterada por convivir diariamente con un engendro aparentemente pacífico pero perturbador cuyo único rastro que conservaba de su antiguo aspecto eran sus ojos, que yo prefería mirar en lugar de su cuerpo grotesco, el cual desde luego ya no acariciaba ni por accidente.
Anunciaron tormenta para esa noche y el viento comenzó a soplar con fuerza desde la tarde, los nubarrones cubrían la ciudad, telarañas de luz los atravesaban al chocar entre sí, presagiando otro aguacero bíblico, yo miraba como entonces a través de la ventana y junto a mi podía ver los ojos de Tochtli iluminarse también, como si esos nubarrones se hubieran trasladados a ellos y chocaran ahí “¿qué ves? ¿te recuerda algo? ¿es un presagio? Tochtli, perdóname, no puedo acostumbrarme a tu aspecto, perdiste tu encanto y ahora solo estás conmigo por costumbre, por conveniencia, si hubiera tenido que atenderte como a cualquier otra mascota seguramente habría hecho alguna barbaridad desde hace tiempo”. Tochtli pareció no escuchar, el caos de sus ojos me intrigaba, siempre imperturbables.
Ya era medianoche cuando arreció, las ráfagas del viento chocaban contra mi ventana, ululando, aporreando contra los cristales tal cantidad de agua que no se podía ver nada, yo entre las sábanas trataba de leer un libro hasta que se fue la luz después de un fuerte estruendo “vaya, lo que faltaba, seguramente explotó un transformador”, saqué una linterna y cuando un haz de luz iluminó la ventana descubrí una sombra alargada “¡Tochtli! grité espantada creyendo que se trataba de él y después de tanto estaba listo para atacarme, pero vi sorprendida un par de ojos verde esmeralda, tan grandes como una pelota de golf que aparecieron detrás de la sombra y ésta sin más se desintegró dando profiriendo un horrible grito.
Los ojos de Tochtli desaparecieron momentáneamente para aparecer luego frente a mi, sobre mi buró y entonces me sentí apaciguada, en mi mente trataba de procesar lo que había visto, estaba claro que Tochtli nunca había tenido que ver con esas sombras, con las desapariciones de los animales ni con el terror de los perros ¿qué era realmente?
Sus ojos pertenecían ahora a un ser incorpóreo, un susurro que acallaba la tormenta de afuera y de mi interior parecían decir: “Te has equivocado, amaste mientras no te costaba, mimaste mientras te gustaba lo que veías, solo soy éstos ojos que buscaron una forma para experimentar una convivencia humana, pero no te bastaron, ustedes se guían tan solo por apariencias, son ustedes muy complicados” y diciendo esto desapareció.
La lluvia cesó como había comenzado, yo todavía confusa comencé a llamarlo, a buscarlo, pero fue inútil, Tochtli se había ido para siempre, sentí pesar, pesar porque tenía razón, yo esperaba una mascota pero Tochtli desde el principio demostró que no lo era, me dejé llevar por mis prejuicios, no fui capaz de ver algo diferente en su mirada siempre imperturbable, siempre apacible, mirada de centinela y guardián que esperaban un mismo trato más allá de las apariencias.