Leoness

La hiedra del vitral

El viejo invernadero duerme su fiebre de olvido,

mientras la tarde inventa una hiedra de vidrio,

cristales hexagonales, heridos por los años,

por donde el tiempo asoma su hocico de musgo y herrumbre.

 

Detrás, el bosque muerde las vigas de hierro,

el prado es un oleaje de helechos silvestres,

un río de hojas que navegan sobre la tierra húmeda,

cargadas de insectos de oro y rumores de arena.

 

De pronto, el cielo parió una nube espesa,

y en su vientre de tormenta vi caer tu túnica,

una ráfaga blanca, un relámpago de lino largo

donde te espero siempre con mi paciencia de raíz y piedra.

 

Tu rostro, era un país borrado por el agua,

desperté de mi letargo de estatua, de mi siglo ciego,

bebiendo la última lágrima de un café de ceniza,

una gota fría que aún guardaba el sabor de tus manos.

 

Salí a los senderos, al tumulto de las ramas que aullaban como un mar herido,

corrí entre el motín de las sombras y las miradas de los búhos,

y la naturaleza me habitaba, me nombraba con sus ojos de lodo,

queriendo arrancar el secreto que llevaba en el pecho.

 

A lo lejos, como una garza de luz sobre la escalinata de hiedra,

tu silueta inmaculada ardía con un fuego nocturno y sensual,

me llamaba sin voz, pero al estirar mis brazos de náufrago,

te disolviste en el aire, como el humo que retrocede.

 

Entonces me hundí más en el jardín, donde la tierra canta,

te busqué en el útero de los rosales, en la saliva del jazmín,

y allí estabas, con el rostro disperso entre el perfume,

vestida de niebla, extendiendo una mano de viento que señalaba el infinito

 

Luego te fuiste, volviéndote pájaro, volviéndote nada.

Abatido, regresé a la vigilia del mundo,

sólo para encontrarme, otra vez, con mis ojos de hiel y ceniza.

 

¡Seguía admirando el abismo estático de la cúpula... ¡La hiedra del vitral emplomado!