I. Naufragio
Afrodita, créeme: te siento tan cercana, acurrucada
en el vientre de una caracola sempiterna; la línea de tus
manos tocando la punta del lucero mientras las estrellas
irrumpen el círculo de tu iris y te llenan de escenas de
aquel naufragio donde derivamos, cayendo del vientre
de Urano. Siempre te encuentro abrazando las espinas
del sueño, esas imágenes gloriosas que trascienden
las jaulas de tu mente. No te salvarán del todo de ahogarte; el cielo se abrirá y tus pies tocarán las mismas nubes, resignándote a que
esta noche no tienes ningún sitio donde camuflar las espinas de la lluvia.
(Recuérdame: aún no exploramos el olvido)
II. Teatro al ocaso
Soy el único testigo que ha visto a los planetas quitarse las
argollas cuando tu presencia camina en la playa, mientras el
teatro al ocaso cierra el telón y los actores, entre el murmullo
de la oscuridad umbrosa, les arrebatan las máscaras, los
disfraces y el frío escriturado en tus ojos lunares; los mismos
que carga una niña en velo detrás de las sábanas.
III. Sueños
Yo sé que tú sueñas con alejarte, con pisar tierras extranjeras,
abrir la puerta hacia el cielo, que el viento te mueva y te lleve
a columpiarte entre los rosales del Edén. Has levantado el ancla:
tu cuerpo practica cirugía a seres muertos que has hallado en el
epicentro de la almohada y en el vacío al lado derecho de la
cama, las arrugas en el jardín de las ojeras.
Te he visto: tu fragilidad navegando los trenes,
revisando cada estación donde abordo
tu sonrisa, el asiento donde viste a tu madre
partir.
Tu pequeña canoa dirigiendo su rumbo a la isla
donde el sol hace presencia aun cuando
la tempestad ha encendido su último paquete
de cigarrillos y el mar arrastra los restos de la corta
alegría de un grupo de lirios encapsulados en una
botella de cristal. Encuentras tú mismo sentimiento
en sus ruinas; te insta a dormir entre los escombros
hasta ya no reconocer el camino de vuelta a casa.
(Hasta que tu nombre sea uno más que se perdió)
IV. Fragilidad
Al igual que tú, pasé por la traición de Judas:
uno más que fui desamparado por su propia tripulación.
Me vuelvo un desconocido ante todos,
olvidan la sinfonía de mis lamentos.
Era un punto de naufragio
donde me gritaron culpable;
hicieron sangrar cada poro
Me recuesto a un lado tuyo; como cuento, he contado cada grano de la
arena por ti y me doy cuenta de que la soledad combina tan bien contigo y la orquesta al alba.
Me arrebataron a golpes las defensas y me hago susceptible, manso como sirena entre redes
de codiciosos marinos. Tu dolor entra en reposo y el ejército de las olas
llega a nuestra muralla: se derrotan enemigos, mueren soldados,
se salvan vidas y sus almas pisan el vaivén de la orilla. O, mejor dicho,
tú interpretas el papel de ser quien nos rescata.
Tu padre Urano no se pudo equivocar al darte alas,
aun cuando vivían presos en Getsemaní y tus deseos
fueron crucificados. Esos ojos cerrados son como un refugio
hecho a mano con ramas secas; en ellos veo una familia:
dos hermanos compartiendo el mismo trozo de pan. Veo
tantas guerras y crímenes en la piel; tus pestañas, alineadas una a
una, son como la manta que cae en el catre de cenizas donde
duerme una madre en duelo por su hijo.
En ellos veo pasar hambruna,
una cueva donde yace una única vela —podría ser algún milagro, alguna luz en fase terminal—;
son los astros que nadan y descansan en cada semilla
de tu rostro.
Tus pecas son, para lo que el navegante significa, las
constelaciones que bañan la rigidez de las aves nocturnas.
Afrodita,
Júpiter te entregó a la nación con
sus anillos incrustados en el dedo meñique,
aun cuando Andrómeda le devolvió la mitad
de ellos.
Yo amonesto tus deseos; me regocijo en tallar nuestra carne
y con los nudos unidos al cuello esa resurrección que espera para
ver la luz caminar, ese sueño incrustado en el susurro lento de
las caracolas al cantar. Ahora lo entiendo: la última vez que aproximé
una al costado de mi corazón pude encontrar lo apacible de tu voz
convertida en delgadas plegarias.
Tú me cantas:
“Marinero, por favor, bríndame tu ayuda,
como sabes brindar una mano y tu noble servicio a ese náufrago que toca tus pisos de madera; con la misma lástima que te tienta al momento en que lo ves beber de tu copa algunos racimos del sol.”
“Aquí ya no hallamos esperanza, Afrodita.”
Pongo mi sombra en tus cielos cicatrizados.
¿Quién será tu acompañante para
tus próximos bailes?
Esos que vives mientras el sueño
ronda tu mente en la noche.
V. Alas rotas
“Marinero, me quedaron las
cicatrices de las alas y del espíritu,
pero dime…
¿A dónde volveré?
Mi hogar ahora son ruinas,
sin tiempo para volver a ser felices,
con dos maletas bajo las estrellas;
todo gozo se perdió,
y ahora cada risa es como
si el llanto tuviera resurrección.
duermo con el deseo de que mis
párpados no eclosionen ni se abra
el eco del capullo a la
mañana siguiente, mis pupilas
entren en una hibernación otoñal,
congeló el dolor soñando con aquel
niño que cumpla mi ilusión
hacia la segunda estrella a la derecha.
Que le sirvan mis virtudes y, si vivimos en casa
de madera y palma a la orilla del mar,
al menos que el desastre de mi vida anterior no confronte
más guerras, porque sé que mañana
se oirá el mismo grito del cañón.
Aquí no soy la heroína, ni tengo el
poder de cambiar el rumbo del tsunami;
solo hallo resignación y le doy la bienvenida a la bala que bebé directo de mi sangre.
Mañana volverá a doler.
Marinero, ¿puedes ser tú mi esperanza?
Reconozco que aquí, todos en silencio,
batallamos contra nuestra propia sombra.
Estoy cansada de tener que tomar los
trenes cada vez que mis ojos bajan la
guardia y se apagan; la palidez
acecha las mejillas como la espuma a la
arena. Él abandono arma un reencuentro;
me escriben decenas de cartas, lamentos en
tinta, flores en envases de periódico cuando
se arrodillan a la orilla de mi lecho, suplicando por mi despertar eterno,
los oigo lamentarse de no haber actuado antes,
de averiguar que había en mí que tanto pesar me producía
Mis estímulos se cortaron las cuerdas de mis venas, aún se puede disipar el olor del llanto.
La belleza del sueño fue mi cómplice en esta muerte simbólica, en reemplazar cada látigo por amaneceres en los que sí quiero estar —contigo—.
No fue la cuerda ni la amarga noche;
fue este paraíso extendiéndome una mano, Chipre y sus cinco costas,
y ahora que te encontré a ti.
Amigo, ¿así quién va a querer volver?