Ofrenda de agua
Detrás de los eucaliptos
había un pozo.
Yo iba hasta él
con baldes.
Los llevaba.
La tierra esperaba.
Al principio
me gustaba verla beber.
Después
ya no pude distinguir
si era sed
o costumbre.
Cada tarde
faltaba algo.
Seguía seca.
Me pedía
un balde más.
Otra caminata.
Le ponía al agua
la sombra de una rama.
El nombre de los pájaros.
La parte más blanda
de mi corazón.
Volvía al pozo.
El agua era fresca.
El cansancio, no.
Una mañana
vi a los algarrobos.
Quietos.
No pedían nada.
Sólo estaban ahí,
recibiendo la luz.
Entonces abrí la tranquera.
El agua encontró
su propia pendiente.
No corría hacia la sed.
Corría.
Eso era todo.
Desde lejos
los eucaliptos
se hacían pequeños.
La tarde bajaba
sobre los algarrobos.
Y el agua,
por primera vez,
dejó de parecerse
a una deuda.
Corría.
Y en su paso
iba dejando verde.
Sergio Alejandro Cortéz
Villa Dolores, Córdoba, Argentina.