Fue cuestión de alma y de piel,
de mágicas conexiones y sincronías
que la mente y la razón no entienden.
Eran asuntos de latidos y de abrazos…
Incondicionales.
Un amor claro, haciéndose presente.
Se desplegó en el tiempo
la belleza imborrable
de un nuevo cariño,
infinito y dichoso… Para siempre.
Y entre nosotros brotaron flores
de luz dorada y blanca,
como pequeñas hogueras
de pasión ardiente.
Una infinidad que se extiende
entre corazones abiertos,
creando nuevos mundos
donde lo bueno fluye y crece.