La libélula es bonita
cuando vuela por el monte
y buscando va en las flores
algo que le dé la vida.
Y una tarde de verano
se encontró con una abeja
laboriosa y muy atenta
sobre flores de amaranto.
Y la abeja le pregunta:
—¿Qué hace aquí, mi buena amiga,
a qué debo su visita
en la flor tan bella y pura?
La libélula se extraña
ante tan audaz pregunta
y contesta, muy astuta:
—Solo vine a saludarla;
pero añade, con sonrisa:
—Mas… si gusta yo la invito,
a volar al paraíso,
que se encuentra en una finca.
Y la abeja prevenida
preguntó: —¿Pero a qué iremos?
—En verdad, se lo agradezco,
ya la finca está marchita.
La abeja bien intuía
la intención de la emboscada
y, prudente razonaba,
que escondía trampa fina.
Y llegó pronto un gusano
que escuchaba la propuesta
y le dice: —Buenas bella…
¿Si usted gusta, la acompaño?
El gusano zalamero
no sabía qué pasaba
mucho menos de la trampa
que tendía el otro insecto.
La libélula convino
que el gusano acompañara,
mientras tanto se volaba
la abejita en el descuido.
El gusano y la libélula
se fueron por un atajo
y de pronto, por el vado,
se oyó un golpe con violencia.
¡La libélula comió
al gusano suculento!
Hoy que sabe usted los hechos
¿Cuál será la conclusión?
«Quien procede con prudencia
notará pronto el engaño
y el que ansía más lo vano
es probable que perezca.
Y al metido y zalamero,
casi nunca le va bien.
Por querer beber la miel,
traga a veces su veneno».