Fuimos tú y yo,
dos soledades en un mismo vaso,
estando de convidados,
por un aguardiente melancólico...
Por allí adentro,
compartimos nuestro corazón literario,
memorizamos el teléfono,
y nos juramos un afecto perpetuo...
Fue un amor el nuestro,
de unos cinco centímetros de planeo,
desde tu voz a mi oído,
donde me quedé para siempre, hasta ser un viejo...
Y es que el vidrio del vaso,
fue como el santuario sagrado de un espejo,
nuestro reflejo bendito.
¡Ay querida, cómo te bebiste mi tiempo!