Algún día volveremos a aquel lugar donde
el tiempo nos hizo un nido,
donde las colinas blancas nos enseñaron a danzar y a desafiar la gravedad con nuestras acrobacias.
Pronto, quizás, volveremos a ser flor en vigilia, esperando la primavera;
a ser fuego, leña vieja y cenizas,
pronto, al pulso del vacío.
Volveremos, quizás, a jugar a construir canciones en un lenguaje incomprensible,
que solo tú y yo entenderemos.
En los atardeceres, nos buscaremos entre pinceladas de cielos púrpuras, donde tu mirada se esconde en el silencio.
Navegaremos bajo olas tormentosas
que amenazan con desbordarse; luego, nos refugiaremos en un oasis silencioso,
donde el sonido de tu voz será música celestial.
Volveremos a ser lluvia, volveremos a ser tiempo.
Y prometo que, si pudiera guardar una sola cosa, sería tu mirada.
Quizás también debería seguir coleccionando
tus sonrisas para los días nublados,
o los abrazos que alivian los días fríos.
Por favor, dile al tiempo que se detenga,
o susúrrale que conserve un recuerdo,
que guarde entre sus murmullos: lo que somos, lo que fuimos, y lo que, inevitablemente, seremos.