Era cierta la sospecha,
no estaba en la biblioteca
y de mentiroso peca
cuando sus historias echa
para no encender la mecha
de su enfurecida esposa,
que presentía una cosa
y fue a verlo a la oficina.
Lo que halló casi lo arruina,
mas la libró de algún modo,
pues, cobarde, negó todo,
pero es que ¡ella no alucina!