Tenía yo, entonces, veintitrés años,
preludio a la juventud,
azul el cielo, y yo parado
en una esquina,
mientras las nubes altas,
blancas como un muro blanco,
se movían sin sentido
por un costado del cielo.
Las calles amplias corrían
al vaivén de seres en posición
extrema:
unos al norte,
otros hacia la tarde,
otros, más allá,
sonriendo a solas
como mitos de tristeza.
Las gaviotas de octubre
parecían romper la brisa
con fuertes aletazos,
y sobre el río Hudson,
pálida realidad de entonces,
se mecían unas barcazas lentas
rumbo al Atlántico infinito.
Tenía yo veintitrés años,
rastros de trenes modulando el ritmo,
cuadros, espacios, ceremonias,
al pensar que la vida
sería siempre eterna
y que un beso duraba unos instantes
antes de pronunciar
otra palabra entre los labios.
Veintitrés años, medida al absoluto;
ojos brillantes, pelo lacio,
piel con los colores de las serpentinas,
la verdad -como una consonante
sin mucha definición.
Juventud primera:
con toda la fuerza y el ardor
para seguir marchando,
sin notar la hora, el calendario,
y los momentos,
que se van acumulando
como bosques repletos
de hojas amarillas,
Veintitrés años distantes,
vacío de cuartos
perdidos en la sombra,
silencio de labios secos
con solo una esperanza:
comenzar de nuevo
en algún lugar del mundo
donde no exista la memoria.