felix rizo

CANTO LXX

Tenía yo, entonces, veintitrés años,

preludio a la juventud,

azul el cielo, y yo parado

en una esquina,

mientras las nubes altas,

blancas como un muro blanco,

se movían sin sentido

por un costado del cielo.

Las calles amplias corrían

al vaivén de seres en posición

extrema:

unos al norte,

otros hacia la tarde,

otros, más allá,

sonriendo a solas

como mitos de tristeza.

 

Las gaviotas de octubre

parecían romper la brisa

con fuertes aletazos,

y sobre el río Hudson,

pálida realidad de entonces,

se mecían unas barcazas lentas

rumbo al Atlántico infinito.

 

Tenía yo veintitrés años,

rastros de trenes modulando el ritmo,

cuadros, espacios, ceremonias,

al pensar que la vida

sería siempre eterna

y que un beso duraba unos instantes

antes de pronunciar 

otra palabra entre los labios.

 

Veintitrés años, medida al absoluto;

ojos brillantes, pelo lacio,

piel con los colores de las serpentinas,

la verdad -como una consonante

sin mucha definición.

 

Juventud primera:

con toda la fuerza y el ardor

para seguir marchando,

sin notar la hora, el calendario,

y los momentos,

que se van acumulando

como bosques repletos

de hojas amarillas,

 

Veintitrés años distantes,

vacío de cuartos

perdidos en la sombra,

silencio de labios secos

con solo una esperanza:

comenzar de nuevo

en algún lugar del mundo

donde no exista la memoria.