Descalza,
caminaba sobre las playas de la ignominia
regalando al sol y al viento
poemas sin terminar.
Sueños arrojados al olvido
se diluían en gotas de sal.
Las sonrisas ya infrecuentes devoradas por el azul azar.
Paliduzcas las miradas
que no querían regresar.
Se postraban ante aquello
que no contaron jamás.
Con canciones había tejido
su largo vestido de altar.
Con promesas rotas el cinto,
que cada día apretaba más.
Arrancaba de sus pieles
viejos besos de arena y cal.
De carbón ya los deseos
de un sublime despertar.
Indelebles los pasos,
eterno el transitar,
para su desgracia y la de aquellos,
que la desearon mortal.