Es irónico que las personas más rotas sean las que más te cuidan. Las que te sostienen como si nada en su interior temblara, cuando en realidad tuvieron que aprender a no derrumbarse por sí mismas. Las que saben exactamente qué decir cuando todo se te viene encima, no porque lo adivinen, sino porque lo han vivido, porque saben lo que se siente al estar solo. Y casi nunca hablan de ello. No hablan de lo que llevan dentro, de lo que les pesa, de lo que aún les duele.
Simplemente dan. Como si en cada pequeña cosa que hacen, intentaran arreglar algo que nadie les dio, para que nadie más tenga que sentir lo que ellos sintieron. E incluso entonces, con todo eso dentro, siguen siendo el refugio al que acuden los demás cuando necesitan paz, sin que nadie se pregunte si alguna vez tuvieron a alguien que les brindara ese refugio.