Tu nombre no cabía
en el cuadrado del día.
Por eso dibujé
un rombo sin puertas,
una estrella oblicua,
un borde que negaba la costumbre.
Te amé
como las figuras aman al vacío:
sin tocarlo,
sostenidas por él.
Había un jardín de ángulos
entre tu sombra y mi sombra,
y cada color
era un idioma roto.
Nunca llegaste.
Pero quedó flotando
una geometría secreta,
como si el universo
hubiera olvidado cerrar
la ventana del imposible.
Daniel Omar Cignacco © 2026