José Honorio Martínez Ochoa

Habitar la oscuridad

El golpe del aire sobre el cuerpo
no llega como una herida,
sino como aquello que recuerda
que habitamos la intemperie.

Desciende lentamente por la espina,
roza el musgo secreto de la piel,
y deja una humedad tenue
donde la soledad aprende a permanecer.

Una gota cae,
otra la sigue,
y en ese descenso silencioso
algo atraviesa las cavidades ocultas del deseo,
como si el tiempo olvidara su medida
y eligiera solamente respirar.

Bajo la superficie
el coral abre su paciencia sumergida.
Enciende una claridad sin ruido
en los pasillos profundos del agua,
como si la oscuridad misma
guardara una antigua voluntad de aparecer.

Y la raíz, horizontal y persistente,
crece lentamente entre nuestros brazos.
No asciende:
permanece.

Busca en la carne
una memoria anterior al nombre,
se enreda en nuestros huesos,
levanta en ellos una arquitectura húmeda,
una morada donde las pulsaciones antiguas
todavía encuentran refugio.

Entonces el miedo ya no surge
como una sombra que avanza desde afuera.

Es un animal inmóvil
que despierta detrás de los ojos,
una presencia oscura
apoyando lentamente su frente
sobre los muros innumerables de la noche.

Y sin embargo, incluso allí,
algo permanece abierto.

Todo reflejo deja caer su pequeña luz,
todo fulgor desciende con cuidado
hasta el borde de tu boca,
como si el mundo buscara reunirse
en ese temblor apenas visible.

Junto a tus labios
madura lentamente la fruta del abismo.
La lengua reconoce una sed terrestre,
un antiguo relámpago alojado en la materia,
y mi beso ya no desciende
como una invasión del fuego,

sino como un ave que regresa
al lugar donde el aire encuentra reposo.

Entonces la noche se inclina,
abre su costado de agua,
y el coral, la raíz, el viento,
el miedo y nuestros cuerpos
dejan de ser nombres separados.

Se vuelven una sola respiración,
un mismo movimiento profundo,
una corriente que atraviesa la oscuridad
y la vuelve habitable.

Porque acaso el mundo comienza así:
cuando algo nos pronuncia lentamente,
cuando una presencia encuentra morada,
y el lenguaje, al abrirse,
deja aparecer la luz secreta
que aguardaba dentro de las cosas.