Toda distancia o problema es una mentira paciente.
Por ti soy consciente de que lo que siento es entrañable;
como la manera sutil en que tu mano encaja con la mía,
la forma de tus labios cuando sonríes y tus ojos chinos cuando lloras,
cuando me miras y te digo que todo estará bien.
Adoro absolutamente todo de ti.
La forma en que, al estar entre mis brazos,
tu corazón palpita y queda in situ, suspendido en el instante.
El hecho de que mis ojos orbiten alrededor de tus caderas y que mis labios,
tercos e impacientes, solo sepan pensar en besarte.
Siento más que sentimiento; siento menos que arrepentimiento.
No es culpa, es deseo. El deseo de que te mudes a mi mente y permanezcas allí toda mi vida o, al menos,
un día entero.
Te quiero para nunca, y eso es un para siempre.
Te encontré en mi jamás y ahora habitas mi presente.
Me quedé en tus problemas,
arreglé los inconvenientes y aprendí que más que quererte,
temo perderte.
Obsesiva es la manera de extrañarte.
Muero cada vez que te tengo lejos y vuelvo a sentirme vivo cuando cerca te encuentras;
como diciembre y enero, tan próximos y a la vez tan distantes.
Siento sentirte aparte porque tu presencia me aparta de todo lo demás.
El mundo continúa, pero pierde importancia cuando apareces.
Como un planeta obediente, regreso siempre a la gravedad de tu nombre.
Y si algún día todo termina y la memoria intenta convencerme de que fuiste un sueño,
seguiré encontrándote en cada rincón donde aprendí a quererte.
En las canciones que no dicen tu nombre,
en las noches que se sienten demasiado largas y en los silencios que todavía conservan tu voz.
Porque desde que llegaste entendí que el amor no siempre consiste en encontrar un lugar al que pertenecer,
sino una persona alrededor de la cual vale la pena girar.