Escuché el maullido.
Doblé la esquina de una calle vacía.
Con tu permiso,
miré de cerca la geografía que guardan tus ojos.
No encontré el tesoro de un pirata,
ni la coordenada de alguna tripulación perdida.
Tu colmillo se clavó en mi carne.
Tu agresivo amor me mordió los dedos,
para luego lamer mi herida.