Vengo de la nada,
donde todo es posible y el silencio impera.
No existen imágenes;
soy feliz de habitar en el vacío.
Un ave surca el pintado azul
y un eco se atasca en la soledad.
«¡Estoy vivo!», suspiro.
El mundo se asoma al espejo del agua,
dejando su cuerpo en letargo profundo.
Siento el tiempo correr en mi pulso.
Escucho los pleitos sin ley ni sentido,
mientras toco el semblante del ser amado...
Y unas lágrimas dulces brotan de mí.
Este fuego en el pecho no me lo explico.
Una dimensión me separa de la otra;
ninguna es igual, pero se parecen.
Y regreso al lugar donde no hay luz ni sombras,
ni un motivo maldito por qué llorar.