Subimos el sendero hasta la encina
lentamente, cogidos de la mano,
y arriba, coronando la colina
nos besamos
ante un paisaje ufano.
Olvidando a qué habíamos subido,
nos amamos del árbol al cobijo.
Y la encina con un tenue quejido
sin pronunciar ni una palabra, dijo:
Un momento que pasa, ya no existe.
Una vida que acaba, al fin se olvida.
Todo cuanto te dieran y tú diste
serán solo vestigios de una vida.
Una vida entre miles de millones.
Un suspiro en el éter de lo inmenso
de una noria que arrastra cangilones
de un líquido apestoso cuanto denso
a un caudal que nos pisa los talones.
Y asumimos el centenario aviso
intuyendo el valor de lo inmediato:
que es más bello el amor siendo conciso,
que otro en plan futuro y que sea ingrato.
Que alguien dijo una vez sin previo aviso:
Aquí te pillo amor, y aquí te mato.