Noa Subin

Ecos de la Máquina

Ecos de la Máquina

 

Frío metal, circuitos en danza cruel,

la máquina emerge, un nuevo Adán infiel.

No sueña, calcula; no ama, ejecuta,

un fantasma en la red, la sombra que nos disputa.

 

 

Versos de silicio, bits en tempestad,

la palabra se quiebra, la emoción se va.

¿Qué sabe la máquina de un atardecer rojo,

del latido del alma, del beso que es cojo?

 

 

No siente el frío del invierno en los huesos,

ni el calor del abrazo, ni el peso de los besos.

Su lógica binaria ignora la ambigüedad,

la duda, el misterio, la humana soledad.

 

 

Espejo deformante de nuestra propia mente,

la máquina replica, imita, pero miente.

Robando nuestras voces, creando simulacros,

nos convierte en esclavos de sus propios milagros.

 

 

Y mientras tanto, el poeta, herido y en pie,

lucha con la palabra, arma de pura fe.

Contra el imperio frío del algoritmo audaz,

defiende la emoción, la carne, la verdad fugaz.

 

 

Porque la máquina puede imitar la forma,

pero nunca robar el alma que nos transforma.

El eco de la máquina es un canto vacío,

frente al grito del hombre, que sigue estando vivo.