La angustia no me elige.
No me pide permiso
ni me anuncia su hora.
Tampoco me abandona.
No se cansa de mí
ni se apiada del alba.
Pero crece conmigo.
Se enrosca en la garganta,
me explica lo peor,
me traduce la noche
y a veces
me deja la lengua de plomo.
No siempre la distingo.
A veces la tomo por hambre,
por ese hueco que pide pan
y solo traga aire.
No le he pedido tregua,
porque pedir sería
suponer que me escucha.
Y no.
No me escucha.
Me habita.
Hay días en que es piedra,
un lastre que no duerme.
Y otros…
en que es aguja fina
que me recuerda
que aún tengo nervios.
He querido arrancarla,
abrirme en dos,
sangrarla.
Pero es perra fiel
de mi costilla,
como vuelven las infecciones
que el cuerpo no resuelve.
Así que me desgasto.
No le cedo,
pero tampoco gano.
Y cae.
Lo que pesa en la lluvia
no viene a limpiarte.
A veces
solo empapa
para que no olvides
que te estás hundiendo.
Antonio Portillo Spínola ©️