No sé por qué razón parece existir siempre una bala pendiente, una bala errante y asesina destinada a segar la vida de algún poeta.
Así ocurrió con Federico García Lorca, así ocurrió con José Martí, y sospecho que ha ocurrido muchas otras veces a lo largo de la historia.
Como si un caprichoso designio perturbador se empeñara en silenciar precisamente aquellas voces que, con la dignidad de la palabra, se alzan para decirnos aquello que más necesitamos escuchar.
Y sin embargo, por cada poeta que cae, quedan sus versos desafiando al tiempo; porque las balas pueden atravesar un cuerpo, pero rara vez consiguen alcanzar para siempre una idea.
El Huagiro.
Madrid, Mayo de 2026.