Luis Barreda Morán

Océano Indomable

Océano Indomable

Hay noches en las que me miro al espejo
y desconozco a la mujer que me devuelve la mirada.
Trae los ojos cansados,
la sonrisa torcida por decepciones viejas
y una guerra escondida
debajo de la piel.

A veces se me olvida
que nací con alas incendiadas,
que no vine al mundo
para pedir permiso,
ni para mendigar cariño
en mesas donde mi nombre nunca tuvo lugar.

Se me olvida que fui tormenta
antes de convertirme en ruina,
que hubo un tiempo
en el que mi voz hacía temblar paredes
y mis pasos no conocían cadenas.

Pero una se rompe, carajo…
una se rompe intentando salvarlo todo.

Y qué difícil es seguir siendo fuerte
cuando el corazón parece una casa saqueada,
cuando llegan personas
con promesas envueltas en miel
y terminan dejando veneno en la boca.

Qué agotador resulta
ser refugio para quien solo viene a descansar,
ser abrigo de inviernos ajenos
mientras, por dentro,
una se congela lentamente.

Porque sí,
también me derrumbo.
También lloro en silencio
cuando nadie mira.
También me canso
de fingir que no duele
que me quieran a medias,
que me busquen solo cuando les falta algo,
que me abracen con manos tibias
y me olviden en cuanto vuelve el sol.

Estoy harta
de los amores cobardes,
de la gente intermitente,
de quienes llegan como huracán
y se marchan como si nunca hubieran destruido nada.

Cansada de ofrecer el alma
y recibir migajas.
De dar mi tiempo,
mi fuego,
mi lealtad,
para terminar siendo un recuerdo conveniente
en la memoria de otros.

Pero aprendí algo:
no todo el que se queda ama,
ni todo el que se va abandona.

Hay ausencias
que liberan más que una presencia vacía.

Y, aunque me cueste admitirlo,
también tuve culpa
por insistir donde no florecía nada,
por regar desiertos
esperando milagros.

Dios…
cuántas veces me traicioné a mí misma
solo para no sentirme sola.

Qué ironía.

Al final,
la soledad no era estar sin nadie;
era dejarme a mí misma de último.

Pero ya no.

Hoy quiero reconstruirme
sin pedir disculpas por mi carácter,
sin suavizar mis cicatrices
para que otros no se incomoden.

Tengo el genio salvaje, sí,
la boca llena de verdades incómodas
y un corazón demasiado intenso
para esta sociedad que le teme a sentir.

Porque ahora todos quieren cuerpos,
pero pocos saben sostener almas.

Todos saben desvestirte la ropa,
pero casi nadie sabe desnudarte los miedos.

Confunden deseo con amor,
costumbre con compañía
y placer con conexión.

Nadie entiende ya
lo profundamente erótico
que es quedarse.

Mirarse el alma.
Tocarse las heridas sin romperlas más.
Hacer el amor con las ideas,
con las conversaciones a medianoche,
con los silencios que no incomodan.

Porque sí…
follar la mente
es un acto revolucionario
en tiempos donde todos solo quieren piel.

Y yo ya no quiero medias tintas,
ni afectos tibios,
ni personas que entren a mi vida
como turistas emocionales.

Quiero algo que arda,
pero que también permanezca.

Aunque, mientras llega…
me tengo a mí.

Y eso debería bastar.

Así que hoy recogeré mis pedazos,
uno por uno,
aunque me corten las manos.

Haré arte con las ruinas.
Construiré alas nuevas
con cada traición superada,
con cada lágrima escondida,
con cada noche
en la que sobreviví
sin que nadie lo notara.

Y entonces volaré.

No para huir,
sino para recordar quién soy.

Volaré tan alto
que las voces que intentaron destruirme
se volverán diminutas.

Tan alto
que el pasado no podrá alcanzarme.

Tan alto
que volveré a encontrarme
en algún rincón del horizonte
donde aún exista esperanza
para esta mujer cansada,
pero jamás vencida.

Y cuando vuelva a caer —porque caeré—,
ya no me quedaré en el suelo
preguntándome por qué no fui suficiente.

Porque entendí, al fin,
que nunca tuve que ser menos intensa
para caber en corazones pequeños.

Yo nací océano,
y quien le tema a la profundidad,
que no intente navegarme.

—Luis Barreda/LAB
Glendale, California, EUA 
Mayo, 2018.