Enrique Fl. Chaidez

Cuánta bondad

Cuánta bondad, Señor, para el perdido,
nunca agotaste tu paciencia en él;
le retiraste el mal sentir a hiel
cuando venía a ti arrepentido.

Por tanto bien fue el mundo conmovido:
permaneciste a tu palabra fiel
al tornar el desierto en un vergel
para esperanza del varón caído.

La mayor gracia fue hacia el final:
vida hermosa por siempre en tu presencia
y un contento creciente cada día.

Tu bendición nos diste en torrencial
al construir en el aire una inminencia
de amor y blancas alas de alegría.