Los mástiles,
erguidos en su delicado equilibrio,
ceden apenas
ante el peso invisible del viento.
Y ese movimiento llega hasta mí.
En mi cuerpo
el golpe no persiste como golpe:
se vuelve memoria,
un eco que desciende
hacia la cavidad silenciosa
de la soledad.
Bajo la superficie,
el coral levanta su arquitectura secreta.
Crece sin anunciarse,
como aquello que trabaja largamente
en la oscuridad de las aguas.
Y la raíz,
persistiendo en su camino horizontal,
encuentra en nuestros brazos
una manera distinta de ascender,
como si abrazar fuese también
una forma de elevar la tierra,
una manera de reunir
aquello que todavía
permanece sin nombre.
Entonces comprendo:
el miedo no llega como sombra.
Permanece.
Habita los muros de lo vivo,
la respiración oscura de las hojas,
la textura profunda
de aquello que nos rodea
y nos mira en silencio.
Y junto a tu boca,
allí donde el reflejo abandona su distancia
y se vuelve materia palpitante,
mi deseo aprende lentamente
su propia contención.
Aprende a rozar sin herir,
a acercarse sin desgarrar,
a decir aquello que arde
sin romper aquello que toca.
Hay en ese gesto
una claridad que advierte.
No un peligro:
una profundidad.
Como si el beso fuese un umbral,
y cruzarlo exigiera
perder algo de uno mismo,
para existir después
de otra manera.
Entonces el horizonte oscurece.
Una corriente antigua
barniza lentamente el mundo.
Las ramas sostienen
el andamiaje secreto de la sombra,
y el lenguaje tiembla entre los follajes,
como si las palabras
no nacieran de la voz,
sino del lomo húmedo
de una criatura nocturna
respirando debajo de la tierra.
Y de pronto un sonido.
No destruye el silencio.
Lo abre.
Lo divide en dos respiraciones de ceniza.
Y en esa herida del aire
los mástiles vuelven a levantarse:
torres del viento,
nervaduras de un mundo suspendido,
formas que arden lentamente
sin terminar nunca
de consumirse.