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Madre querida

 
Tú sembraste la semilla que dio vida,
cargando en tu vientre nueve meses aquel brote que apenas florecía.
Dejaste tus sueños en una vasija,
para tomar una cuna y una cobija.
 
Sostuviste sus primeros pasos,
alimentando de tu seno su cuerpo, para llenar su vientre de alimento,
sacrificando tu tiempo,
dejando la bata por maracas y pañuelos.
 
Dejaste tu vida por su futuro,
rasgaste tus vestidos, quebrando tu pecho,
apagando tus penas entre tantos gritos,
abandonando tus propios sueños para alimentar los nuestros.
 
Quitaste de tu mente el descanso
y lo cambiaste por el fuego de aquella gasolinería.
Entre tostadas y refrescos,
dejaste tu vida por dos pesos,
para alimentar vientres vacíos
y llenar mochilas de cuadernos.
 
¡Ay, madre, creación de Dios!
Cómo le agradezco por todo lo que has hecho.
Hubieras dejado el pellejo
con tal de darme aliento.
 
Gracias, madre,
por tus pies descalzos sobre el fuego del asfalto,
mientras llenabas mis pies de finos calzados;
por llenar de harapos tu cuerpo
para darnos vestidos de cuentos.
 
Por tus noches sin dormir,
en una sala de hospital cuando mis pulmones perdieron aliento;
por el amor que derramas en cada poro de tu cuerpo,
por las lágrimas que brotan como ríos de lamentos.
 
Por sacrificar tus sueños,
por dejar atrás cada uno de tus anhelos,
por crecer tan pronto cuando apenas alzaba vuelo,
por aquella semilla que brotó de tu cuerpo.
 
Gracias le doy a Dios
por darme una madre tan devota,
que dio el sudor de cada gota
por verme con un birrete y una toga.
 
Madre querida,
tu amor vive en mí
como la huella más hermosa
que Dios pudo dejar en mi vida.