[Inspirado en el Silencio de los Corderos]
«Buenas tardes a todos. Veo que han decidido asomarse al Palacio de la Memoria por una de sus puertas más… texturizadas. Qué fascinante paradoja nos ofrece el subconsciente de nuestra estimada protagonista. La rigidez barroca de su superficie es solo la costra de una herida que pide a gritos ser rascada con las uñas sucias de óleo.
​Para una mente como la mía, el surrealismo no es un desorden; es la anatomía del deseo cuando se le quita la piel de la hipocresía. Nuestra protagonista nos arroja una estructura impecable, una nueva rima al óleo, como quien cierra con triple cerrojo la puerta de un sótano. Pero detrás de sus palabras y de sus pinceladas sobre la \"injuria\" y la \"lujuria\", lo que realmente escucho es el jadeo de quien anhela que sus muros sean derribados. Ella no teme a la mancha; le horroriza desearla tanto. Ella quiere ser el lienzo, señores. Quiere que las líneas grises de su pelo sean trenzadas a la fuerza mientras el pigmento espeso le borra la identidad de \"buena\"»
El quicio de tu decencia es un esqueleto de tiza, querida...
Ven.
Acércate.
Déjame morder tu orgullo con dientes manchados de ocre y bermellón,
con la delicadeza de quien aprecia
el instante exacto en que la carne se rinde
a la belleza de su propia degradación.
Has traído tu trazo y tu rima perfecta para tapar el pozo,
pero tus manos aún huelen a trementina estandar y no de la mejor
y a esa sumisión tardía que tanto me deleita.
Cierra los ojos.
Aquí no hay versos.
Solo la gravedad del lodo y el peso húmedo del óleo.
Tu espalda contra el plástico frío
es un violín sin cuerdas,
esperando el trazo grueso, burdo y violento
de una brocha que te borre el apellido,
el decoro,
y esa pequeña luz de superioridad
que aún parpadea en tu mirada.
Mira cómo se desliza el óleo
por la curvatura de tu vientre:
un río de sangre muerta y ámbar
que te une a mi piso como un sacramento obsceno.
Un coito de tierras raras
donde tu “sol de la justicia”
se ahoga lentamente
en la paleta húmeda de mis dedos.
Tu carne ya no es verbo.
Es materia prima.
Un lienzo que gime bajo el peso del carmín condensado,
mientras tu boca —tan franca, tan decente—
se llena de la saliva espesa
de un dios que te amasa
con lentitud de gourmet.
¿Sientes el rigor de la injuria sobre tu piel pintada?
Es el masoquismo del óleo que se seca sobre el poro,
que se agrieta, que tira,
que te recuerda que ahora eres
una obra en proceso
y yo soy el único
que decide cuándo está terminada.
Estás atrapada en el cuadro, moralina.
Embarrada de azul cobalto y de culpas dionisíacas,
sometida al pulso del cirujano que te deshoja
con precisión quirúrgica y deleite estético,
mientras tu alma, lacia y desnuda,
aprende a ser redimida
por el peso de mi fusta.
Comulga, mi perversa corza.
Bebe el arsénico de este lienzo que compartimos,
donde el ángel y el batracio se funden
en un solo trazo espeso
que te arranca la voz
y la convierte en color.
Y cuando termine,
cuando tu cuerpo sea solo pigmento coagulado
y tu decencia un recuerdo borroso bajo capas de barniz,
te colgaré en la pared más oscura de mi memoria
para contemplarte
con esa misma ternura fría
con la que se contempla
una obra maestra
que ya nadie más podrá tocar.
Baratza
Santiago Sebastián San Román
México
(en el taller donde la belleza
se fabrica con dolor
y se firma con sangre)