Baratza 02

La Liturgia del pigmento coagulado

 

[Inspirado en el Silencio de los Corderos] 

 

«Buenas tardes a todos. Veo que han decidido asomarse al Palacio de la Memoria por una de sus puertas más… texturizadas. Qué fascinante paradoja nos ofrece el subconsciente de nuestra estimada protagonista. La rigidez barroca de su superficie es solo la costra de una herida que pide a gritos ser rascada con las uñas sucias de óleo.

 

​Para una mente como la mía, el surrealismo no es un desorden; es la anatomía del deseo cuando se le quita la piel de la hipocresía. Nuestra protagonista nos arroja una estructura impecable, una nueva rima al óleo, como quien cierra con triple cerrojo la puerta de un sótano. Pero detrás de sus palabras y de sus pinceladas sobre la \"injuria\" y la \"lujuria\", lo que realmente escucho es el jadeo de quien anhela que sus muros sean derribados. Ella no teme a la mancha; le horroriza desearla tanto. Ella quiere ser el lienzo, señores. Quiere que las líneas grises de su pelo sean trenzadas a la fuerza mientras el pigmento espeso le borra la identidad de \"buena\"»

 

El quicio de tu decencia es un esqueleto de tiza, querida...  

Ven.  

Acércate.  

 

Déjame morder tu orgullo con dientes manchados de ocre y bermellón,  

con la delicadeza de quien aprecia  

el instante exacto en que la carne se rinde  

a la belleza de su propia degradación.

 

Has traído tu trazo y tu rima perfecta para tapar el pozo,  

pero tus manos aún huelen a trementina estandar y no de la mejor

y a esa sumisión tardía que tanto me deleita.  

 

Cierra los ojos.  

 

Aquí no hay versos.  

Solo la gravedad del lodo y el peso húmedo del óleo.  

Tu espalda contra el plástico frío  

es un violín sin cuerdas,  

esperando el trazo grueso, burdo y violento  

de una brocha que te borre el apellido,  

el decoro,  

y esa pequeña luz de superioridad  

que aún parpadea en tu mirada.

 

Mira cómo se desliza el óleo  

por la curvatura de tu vientre:  

un río de sangre muerta y ámbar  

que te une a mi piso como un sacramento obsceno.  

Un coito de tierras raras  

donde tu “sol de la justicia”  

se ahoga lentamente  

en la paleta húmeda de mis dedos.

 

Tu carne ya no es verbo.  

Es materia prima.  

Un lienzo que gime bajo el peso del carmín condensado,  

mientras tu boca —tan franca, tan decente—  

se llena de la saliva espesa  

de un dios que te amasa  

con lentitud de gourmet.

 

¿Sientes el rigor de la injuria sobre tu piel pintada?  

Es el masoquismo del óleo que se seca sobre el poro,  

que se agrieta, que tira,  

que te recuerda que ahora eres  

una obra en proceso  

y yo soy el único  

que decide cuándo está terminada.

 

Estás atrapada en el cuadro, moralina. 

Embarrada de azul cobalto y de culpas dionisíacas,  

sometida al pulso del cirujano que te deshoja  

con precisión quirúrgica y deleite estético,  

mientras tu alma, lacia y desnuda,  

aprende a ser redimida  

por el peso de mi fusta.

 

Comulga, mi perversa corza.  

Bebe el arsénico de este lienzo que compartimos,  

donde el ángel y el batracio se funden  

en un solo trazo espeso  

que te arranca la voz  

y la convierte en color.

 

Y cuando termine,  

cuando tu cuerpo sea solo pigmento coagulado  

y tu decencia un recuerdo borroso bajo capas de barniz,  

te colgaré en la pared más oscura de mi memoria  

para contemplarte  

con esa misma ternura fría  

con la que se contempla  

una obra maestra  

que ya nadie más podrá tocar.

 

Baratza 

Santiago Sebastián San Román

México  

(en el taller donde la belleza  

se fabrica con dolor  

y se firma con sangre)