Amanece y la casa es un desierto,
la misma luz pisando el mismo suelo.
Despierto y, en el punto en que me encuentro,
me arropa la costumbre de este hielo.
Y sí, de nuevo estoy a solas, es lo cierto.
Ayer fue largo, oscuro y silencioso,
y hoy el reloj parece no avanzar.
El mundo afuera gira bullicioso,
pero en mi pecho solo habita el mar
de un tiempo detenido y doloroso.
La taza de café, la silla en calma,
tu ausencia se respira en la pared.
Y esta guitarra inútil que desarma
los restos de mi voz y de mi sed,
buscando algún consuelo para el alma.
No pido que el destino retroceda,
ni busco en los rincones tu perdón.
Tan solo miro el polvo que nos queda,
y acepto, en esta quieta habitación,
el tremendo dolor que me golpea.