La espina bífida, mi eterna compañera,
sombra fiel que camina junto a mis pasos,
costura invisible entre la fragilidad y la fuerza,
huella profunda grabada en mis años.
Nunca me hizo sentir distinto al mundo,
aunque a veces me mostró sus espejos extraños;
en ellos aprendí que la diferencia
también puede ser un modo de abrazarnos.
Cuántas vidas quedaron en silencio
antes siquiera de escuchar el alba,
como flores que no llegaron a abrirse
por miedo a la tormenta anunciada.
Y, sin embargo, aquí sigo,
con la piel marcada por la batalla,
demostrando que la vida florece
incluso entre las grietas más amargas.
La espina bífida es hoy otra semilla,
un motivo para sembrar esperanza con mi propia presencia;
en los niños encuentro horizontes,
en sus sonrisas, y mi ejemplo, mi casa.
Ellos son el tesoro que ilumina
los rincones donde el cansancio se instala;
la razón que da sentido a veces a mi vida,
a tantas jornadas largas.
Dicen que es una cruz perpetua,
yo prefiero llamarla llama:
un fuego que no consume,
sino que forja y acompaña.
Porque quien aprende a vivir con ella
descubre una fuerza inesperada;
la de levantarse una y otra vez, porque es una fuente que brota de paciencia
cuando la vida parece quebrada.
La espina bífida, mi eterna compañera,
a veces susurra dudas al alma;
pero termina perdiendo su voz
frente a la constancia.
Y cuando el optimismo le sonríe,
y la voluntad no se cansa, ella si se aburre y se cansa,
se vuelve apenas una sombra
que ya no puede apagar la mañana.